Passalacqua, Rovira y la continuidad incierta

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Imagen ilustrativa. / Foto: MisionesOpina

Por Luis Huls*

Los alentadores de la reelección de Hugo Passalacqua cuestionan que siga siendo Carlos Rovira quien termine definiendo las candidaturas a gobernador y otros cargos importantes. Ponen el liderazgo en tela de juicio y plantean la necesidad de discutir los mecanismos de selección. Sin embargo, hace apenas tres años aceptaban y celebraban el mismo sistema que favoreció a Passalacqua por segunda vez, del mismo modo que había ocurrido en 2015.

Del otro lado, los alineados con Rovira sostienen que los passalacquistas están gestando una traición. Afirman que un liderazgo exitoso "no se discute", como señaló recientemente Lucas Romero Spinelli. Pero tampoco pueden desconocer de dónde proviene buena parte de la dirigencia fundadora de la Renovación: de una ruptura con un liderazgo y con un esquema político anterior.

Los recambios políticos y las transiciones suelen producir este tipo de tensiones. Elevan a unos, relegan a otros y obligan a redefinir equilibrios de poder. La política funciona así. Como se decía de Horacio Rodríguez Larreta respecto de Mauricio Macri, para convertirse en un líder político de peso propio debía "matar al padre". Es una metáfora brutal, pero frecuente en los procesos de sucesión.

Los liderazgos se sostienen mientras exista consenso alrededor de ellos. Siempre hubo sectores en desacuerdo con determinadas decisiones y cada tanto apareció alguna escaramuza interna. Sin embargo, el liderazgo de Rovira se mantuvo durante más de dos décadas porque la enorme mayoría de los actores políticos propios coincidían en reconocerlo.

En los últimos años comenzaron a aparecer señales que antes permanecían debajo de la superficie. Diferencias sobre el rumbo, sobre las estrategias electorales y sobre los mecanismos de construcción política empezaron a expresarse con mayor claridad. Esto derivó en un desencuentro que dentro de la Renovación ya tuvo antecedentes: ocurrió con Pablo Tschirsch, con Alex Ziegler, parcialmente con Maurice Closs y, en menor medida, con Carlos Arce, que tenía aspiraciones en 2023, aunque nunca cuestionó el liderazgo.

La fricción es algo normal después de tantos años de convivencia política. Hoy esas diferencias se alinean detrás del Gobernador.

A pesar de ello, también existen actores que trabajan silenciosamente para recomponer la relación. Son quienes intentan coser lo que otros buscan descoser. Mantienen reuniones, acercan posiciones, transmiten mensajes y procuran evitar que la tensión escale. Un día avanzan y otro retroceden. No es una tarea sencilla mediar entre el ego de dos dirigentes que llevan décadas ocupando lugares centrales dentro del poder provincial.

Pese a la aparente distancia entre Passalacqua y el Encuentro Misionero refundado en las “previas” de la Legislatura, no existen señales públicas que indiquen una voluntad de ruptura del Gobernador. Por el contrario, quienes lo rodean sostienen que su estrategia apunta a fortalecer su posición política y de gestión dentro del mismo espacio. Busca llegar fortalecido al momento en que se discuta la próxima candidatura y convencer a Rovira de acompañar una eventual pretensión reeleccionista.

En paralelo, algunos intendentes comenzaron a expresar posiciones propias que no siempre coinciden plenamente con la conducción tradicional del espacio. No está claro si lo hacen en acuerdo con el Gobernador o por iniciativa propia, pero varios consideran que llegó el momento de discutir estrategias y mecanismos de construcción política. En ese contexto, luego de la polémica de Ruíz de Montoya, volverán a reunirse en Montecarlo. Formalmente será un encuentro de gestión junto a ministros provinciales. Pero en política los gestos también cuentan y muchos interpretan que detrás de esas reuniones existe la intención de consolidar una base territorial que eventualmente pueda respaldar un proyecto reeleccionista.

Quizás por eso, en los últimos días, Passalacqua pidió a sus allegados bajar la espuma de la conflictividad. Su razonamiento parece sencillo: hoy es tiempo de gestión; más adelante será tiempo de gestión y política; y recién después llegará el momento de hacer política a tiempo completo. Sabe que acelerar los tiempos electorales en un contexto de dificultades económicas y sociales solamente alimentaría el rechazo ciudadano hacia la política.

Rovira, por su parte, parece transitar la situación desde otra lógica. Acostumbrado a convivir con las tensiones propias de su rol, impulsa una dinámica que muchas veces se asemeja a una agenda de gobierno paralela. Anuncia reformas políticas, cambios institucionales o iniciativas económicas como el bono para financiar obras de reactivación. Son anuncios que en cualquier otra administración corresponderían al Poder Ejecutivo. Sin embargo, sus adherentes sostienen que terminan aportando herramientas que fortalecen la gestión provincial y generan hechos políticos positivos para el Gobierno.

Al mismo tiempo, desarrolla una estrategia de fortalecimiento distinta. Busca impulsar una nueva etapa política para el espacio, modificar su identidad pública y ampliar su base de representación. Parte de la premisa de que el clima social cambió después de la irrupción de Javier Milei y del cuestionamiento a la política tradicional. Quienes lo acompañan sostienen que la estrategia apunta a evitar el desgaste de un modelo político que necesita actualizarse para seguir siendo competitivo.

Quienes respaldan esa mirada entienden que el principal desafío no pasa por quién ocupa un cargo, sino por la capacidad del espacio político para interpretar los cambios sociales. Consideran que fenómenos como el de Milei expresan una demanda de renovación que atraviesa a toda la sociedad. Sostienen además que los proyectos políticos que logran perdurar son aquellos capaces de leer esos cambios, adecuarse a ellos y generar nuevos liderazgos sin perder gobernabilidad. En esa lógica se inscribe la búsqueda de referencias para la etapa que viene.

Quienes respaldan esa mirada entienden que el principal desafío no pasa por quién ocupa un cargo, sino por la capacidad del espacio político para interpretar los cambios sociales.

En ese marco aparece la metáfora del águila que utilizó recientemente en La Previa. Allí relató el conocido mito que sostiene que, a mitad de su vida, las águilas se desprenden del pico y las garras para permitir el crecimiento de unos nuevos y emprender un supuesto "vuelo de renacimiento". Más allá de la veracidad biológica de la historia, el mensaje político es evidente: la necesidad de adaptación frente a un contexto social diferente al de años anteriores.

Naturalmente, una idea de ese tipo genera adhesiones y resistencias dentro del propio espacio, además de interpretaciones diversas. Porque nada indica que Passalacqua o los intendentes sean actores descartables. Por el contrario, hoy ocupan lugares centrales dentro de la estructura política y representan buena parte de la experiencia acumulada del oficialismo, como recordó esta semana el intendente de Montecarlo, Julio "Chun" Barreto.

La versión más pesimista de este proceso de tensiones internas sostiene que el misionerismo atraviesa los últimos años de su etapa dominante y que buena parte de sus dirigentes discuten más preocupados por quién gobernará que por los principios que dieron origen al modelo. Bajo esa mirada, el deterioro más preocupante no sería electoral sino institucional. Se habría debilitado algo que durante años fue cuidadosamente preservado: el respeto por las jerarquías, los roles y las formas.

Las últimas semanas dejaron la sensación de cierta desorganización en los mecanismos internos de autoridad y representación. Dirigentes con responsabilidades institucionales cuestionados públicamente, actores sin responsabilidades electorales adquiriendo protagonismo creciente y una percepción de que las fronteras se volvieron más difusas.

En política puede haber traiciones, desencuentros o rupturas. Es parte de la actividad. Los dirigentes pueden fallarse entre sí. Pero a quien no deberían fallarle es al vecino. A nivel nacional ocurrió algo parecido y parte de ese desencanto terminó explicando el triunfo de Milei en 2023. La Renovación, hoy rebautizada Encuentro Misionero, construyó durante años una identidad basada en la idea de que era distinta y que no abandonaba a la gente. El riesgo actual es que la discusión interna termine desplazando de la agenda las preocupaciones reales de la sociedad misionera.

Los dirigentes pueden fallarse entre sí. Pero a quien no deberían fallarle es al vecino.

La visión más optimista ofrece una lectura diferente. Sostiene que la tensión está obligando a los principales dirigentes a mostrar sus mejores capacidades. Passalacqua aparece concentrado en la gestión, en la articulación con los intendentes y en la búsqueda de herramientas para amortiguar los efectos económicos de la crisis. Rovira, por su parte, aparece enfocado en la estrategia política y en la redefinición del espacio para la etapa que viene. Bajo esta mirada, la competencia interna no debilita al espacio, sino que lo obliga a evolucionar. Incluso la decisión de Rovira de anunciar que no será candidato en 2027 podría interpretarse dentro de esa lógica de apertura y recambio.

No se sabe cómo terminará esta historia. Si habrá ruptura o si finalmente llegarán a un acuerdo donde ambos cedan algo y acepten condiciones mutuas. Falta mucho todavía. La información que circula indica que, en algún momento, volverán a sentarse en una misma mesa para intentar encontrar una salida política. O tal vez no. Tal vez la distancia siga creciendo hasta desembocar en una competencia abierta.

Lo único en lo que parece existir acuerdo es en que continuar con la dinámica que predominaba hasta mediados de 2025 conducía al espacio hacia una derrota en 2027. Algún tipo de volantazo era necesario. Algún cambio debía producirse. El problema es que para ejecutarlo también necesitan coincidir en el rumbo.

Cosa que no está ocurriendo.

La experiencia argentina ofrece ejemplos cercanos de cómo las internas pueden terminar consumiendo a los gobiernos. Ocurrió con Cristina Fernández y Daniel Scioli en 2015. Ocurrió con Cristina Fernández y Alberto Fernández en 2023. En ambos casos la disputa interna terminó ocupando más espacio que la gestión y el resultado fue el triunfo de la derecha.

La pregunta es inevitable. ¿Será la tensión entre Rovira y Passalacqua el tercer ejemplo? ¿Será 2027 el año del regreso de la derecha al poder en Misiones?

Más allá de quién termine siendo candidato, el verdadero desafío para el misionerismo consiste en evitar que esa historia vuelva a repetirse. La discusión sobre quién conducirá la próxima etapa es legítima. Pero antes de discutir el futuro existe una responsabilidad más inmediata: administrar el presente. Y la sociedad misionera difícilmente perdone que la gestión termine subordinada a la disputa por el poder.

*Director de Misiones Opina

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