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Por Matías Blanco*

El presidente Javier Milei vive días de bronca, furia e incompostura. Todo lo que sucede aparenta estar enervándolo. Parece que todo aquello que no puede controlar lo desespera y exaspera, y ante ese contexto actúa como un niño con intolerancia a la frustración, o un adolescente rebelde que decide combatir a la realidad cuando esta no se adecúa a sus deseos.

Esa arma tan artera como simple se corporiza en el insulto. Milei agrede a todos aquellos o aquello en lo que es imposible encastrar lo que no puede posicionar dentro de la curvatura de su pensamiento. El mandatario nacional puebla de características negativas lo que se le imposibilita comprender, o no conoce.

“A estas alturas del campeonato”, dirían las amadas abuelas, —próximo a cumplir 33 meses del ejercicio del poder si se tiene en cuenta su asunción el 10 de diciembre de 2023—, es posible estimar que al presidente no le interesa conocer lo nuevo, lo diferente.

Se aferra a lo ya conocido, a lo que lo trajo hasta aquí porque si se lo evalúa desde el panóptico de la realpolitik, “este especialista en crecimiento económico con o sin dinero” fue mucho más exitoso en la acumulación de poder político que entregador de resultados en la cátedra económica que juraba solucionar si se lo elegía jefe de Estado de todos los argentinos.

Nadie puede decirse sorprendido por lo que la etapa de gestión del gobierno libertario está generando socialmente en el país. Javier Milei nunca maquilló su esencia deslenguada, desfachatada y virulenta para con el disenso. “El Javier es así” nunca fue una opción en estas líneas para asimilar, comprender o absolver los dobleces de este tiempo histórico, y ya se lo marcó desde este espacio editorial.

Si este redactor se toma la licencia de incurrir en cierta reiteración tópica, la razón radica en que, desde aquella columna en la cual se hizo hincapié en la imprudencia comunicacional de la administración libertaria vio la luz pública, los niveles de la iracundia presidencial no han hecho otra cosa que crecer, al punto tal que ya en el seno mismo de las estructuras políticas violetas, —al menos para un sector dentro de ellas—, la máquina sistemática de agredir empieza a dejar de ser un activo jocoso de campaña en pos de poder convertirse en un serio riesgo de que la intolerancia abandone la frontera de las retóricas discursivas para reflejarse en actos físicos dolosos.

La nueva saga de rabietas mileístas comenzó el sábado 25 de julio cuando “el león” libertario viajó a São Paulo (Brasil) para apoyar el lanzamiento de la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro (hijo del expresidente Jair), que el 4 de octubre buscará impedir que el actual titular del Ejecutivo brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, alcance una nueva reelección y materialice el récord tan histórico como extraordinario de un cuarto mandato al frente del Palacio del Planalto.

En el marco de ese acto, Milei llamó a su colega del gigante sudamericano “ladrón” y “presidiario” para referirse a la condena por corrupción que atravesó Lula da Silva entre 2018 y 2019.

También cargó groseramente contra uno de los jueces del Superior Tribunal de Justicia del país vecino, Alexandre de Moraes, catalogándolo de “basura calva” por impedir que visite en prisión domiciliaria a Jair Bolsonaro.

Incluso en el marco de ese evento partidario, cuando estaba brindando su alocución alegando a los presentes, sufrió una interferencia en los micrófonos e hizo una broma pesada y forzada diciendo que “parece que el presidiario tocó los micrófonos” para hablar del incidente técnico.

Por supuesto que semejante show de vulgaridad e inconducta por parte de quien conduce los destinos de uno de los principales socios comerciales del país mais grande do mundo iba a generar reacciones contundentes y pomposas en territorio vecino.

El presidente del Superior Tribunal de Justicia brasileño, Edson Fachin, calificó las expresiones de Milei como “contrarias a la civilidad que debe priorizarse en el vínculo de los Estados”.

El Partido de los Trabajadores (PT), plataforma política de Lula da Silva, en un contundente comunicado señaló que las actitudes del economista argentino “son inadmisibles” y le espetó que “no tiene ideas ni códigos de lo que significa ser presidente”.

La respuesta de Lula da Silva se dio por partes: primero, cuando salía raudamente de una actividad, un periodista lo consultó acerca de qué pensaba de los dichos de Javier Milei, y su contestación cargada de ironía consistió en repreguntarle al trabajador “¿Quién es ese tipo?”.

Luego, el 30 de julio, en un acto político, el líder del PT fue más explícito y le preguntó al público que lo vitoreaba “si habían visto la payasada que vino a hacer el presidente argentino”, llamó a Milei “cosa” para luego desafiarlo a que tanto él como Trump incrementen la frecuencia de sus visitas a Brasil en pos de respaldar a Flávio Bolsonaro porque “así se da el gusto de ganarles a todos juntos”.

A pesar de los denodados esfuerzos del canciller Pablo Quirno en sostener que la relación comercial con Brasil no se resentiría por la reyerta personal escalada a la enésima potencia entre ambos presidentes, Milei optó por replicar lo que ya es una marca política registrada suya: acelerar en la curva aunque parezca inconveniente y a riesgo de estrolar la Ferrari contra el lomo de burro.

Decidió repostear un mensaje del congresista republicano estadounidense Carlos Giménez en el cual se cataloga a Lula da Silva como “puerco” y subraya que “Brasil merece mucho más que ese soldado deshonesto del castrochavismo”.

Ese clic virtual se concatenó con una entrevista con la periodista afín Mariana Brey, en la que el Javo ratificó que piensa a Lula da Silva como “corrupto, ladrón” y que recuperó la libertad no porque haya podido demostrar su inocencia, sino por una “falla técnica”.

La seguidilla de agravios por debajo de la línea de flotación a la que recurrió Milei en menos de una semana colmó la paciencia del exlíder sindical brasileño, por lo que decidió el retiro del embajador en Argentina, Julio Bitelli, y la consecuente expulsión del representante diplomático argentino en suelo carioca, Daniel Raimondi.

Todo esto arrastró las relaciones argentino-brasileñas a la dinámica más baja que se recuerde en lazos bilaterales con más de 200 años de historia.

Parece mentira que del forjamiento de aquella ruta común que trazaron José Sarney y Raúl Alfonsín para el nacimiento del Mercosur en 1985, —que se cristalizó en 1991 bajo las presidencias de Carlos Saúl Menem e Itamar Franco, respectivamente—, se pase a esta coyuntura actual en que solo se mantienen los vínculos con contactos indispensables y mínimos por negocios. Milei lo hizo.

Cuando le preguntan al presidente Milei por los motivos por los que practica esa agresividad tan explosiva hacia sus colegas de otros países, el mandatario responde: “Lo hago porque soy un fanático de las ideas de la libertad”, y subraya que de “la izquierda radical nunca ha recibido otra cosa que no sean agravios. Si me insultan, voy a responder”, se ataja.

Uno de los argumentos que enarboló durante semanas el libertarianismo para relativizar la pelea con Lula da Silva fue que el jefe de Estado brasileño visitó a la expresidenta y vice de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, en su departamento de Juncal 1411 de la Ciudad de Buenos Aires, donde cumple prisión domiciliaria, denunciando “injerencismo” debido a que por esos días el país transitaba en plena campaña electoral de las legislativas de medio término de 2025.

Que líderes de un país interactúen con otros de una tercera nación que le son afines ideológicamente no es ninguna novedad en tiempos de estrategias políticas, y tienen razón los libertarios en que le hace un flaco favor a la soberanía popular del país. La salvedad que habría que hacerles es que Lula da Silva visitó a CFK en el contexto de una visita a la Argentina en la cual se encontraba incluida una cumbre del Mercosur. Es decir, se topó con Milei en ese evento regional institucional.

En cambio, el número uno del Poder Ejecutivo argentino nunca mantuvo reuniones, desde que asumió el sillón de Rivadavia en diciembre de 2023, con líderes con los cuales disintiera ideológicamente.

Nunca vio al chileno Gabriel Boric (quien cumplió el mandato en marzo de este año); hasta el momento no se ha visto con el uruguayo Yamandú Orsi; ignoró al expresidente boliviano Luis Arce Catacora; no tuvo bilaterales con Lula da Silva y viajó no menos de seis veces a España para defenestrar al jefe de gobierno ibérico, Pedro Sánchez, al que nunca le solicitó una reunión de gobierno.

Tampoco vio al dirigente mexicano Andrés Manuel López Obrador (cuyo cierre de gestión coincidió con parte del primer año mileísta), ni mucho menos conversa con su sucesora, Claudia Sheinbaum.

Para Javier Milei está claro que la diplomacia no existe más allá de “su metro cuadrado ideológico”.

Guerra santa al periodismo

Javier Milei es el mejor “producto político” que los mass media de Buenos Aires moldearon y donaron a la política nacional, desde su época de panelista del programa Intratables allá por el “prehistórico” 2018 a su condición de invitado “cuasi permanente” a los diversos ciclos televisivos que conducía su examiga Viviana Canosa durante los años 2020, 2021 y 2022.

Cuenta con el extraordinario récord de haber sido entrevistado 14 veces en el año 2021 por el programa Viviana con vos, que se emitía en A24; con esas apariciones solventó su campaña a diputado nacional por CABA acompañado por Victoria Villarruel. Hoy, tanto Canosa como Villarruel se encuentran “desterradas” para siempre del paraíso mileísta.

El Milei de esos años sostenía que cualquier funcionario que utilizara el Estado para perseguir periodistas “estaba siendo cultor del fascismo” y “cometía un crimen de lesa humanidad” si se dedicaba a perseguir al periodismo.

Además, prometía que en un eventual gobierno suyo cualquier tipo de persecución a la prensa cesaría. Sin embargo, conforme fue transcurriendo el ejercicio del mandato presidencial, su visión sobre el periodismo fue cambiando brutal y drásticamente. Del icónico “ensobrados” a la sigla NOLSALP (“no odiamos lo suficiente a los periodistas”) y al contemporáneo “mierdas humanas adictas al sobre”, Milei identifica al periodismo como el impedimento para que la población asimile con total cabalidad las bondades de su gestión y por ello va con toda la potencia buscando que se prescinda de la función social de los periodistas, para pasar a la comunicación “horizontal”, “laica” y “sin interferencias” que desde su óptica proponen las redes sociales.

Esas redes que lo encaramaron a su lugar de privilegio vigente y que él cree que, controlándolas, va a poder digitar a sus anchas los márgenes del debate público.

Esta época representa un desafío diferente al “periodismo de guerra” que confesó haber ejercido el fallecido Julio Blanck desde la redacción de Clarín por sus diferencias insalvables con el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner; ahora la lucha pasa porque la disidencia no se transforme en sinónimo de violencia y que deje de regir el precepto de que “la realidad se puede tapar o se hace tapa”.

Adoctrinamientos buenos y adoctrinamientos malos

El pasado jueves, el mandatario Javier Milei concurrió a la escuela de confesión judía ORT en Buenos Aires a brindar una charla sobre ética e inteligencia artificial dirigida a alumnos de cuarto y quinto año del nivel secundario. La diatriba finalmente tuvo poco que ver con cómo dotar de humanidad altruista al vanguardista avance tecnológico, para convertirse en una tribuna de barricada política donde el presidente traslució sus obsesiones con la oposición y la canonización de los valores económicos que él consideraba fundamentales para el desarrollo social.

La peligrosa aptitud que Milei se arroga a sí mismo para calificar la “autoridad moral” de sus adversarios políticos representa uno de los rasgos más alarmantes del liderazgo que coquetea con el totalitarismo: el líder es juez y parte. Solo quienes tienen la capacidad de “entenderlo en su justa medida” van a poder dialogar con él.

La arenga a profundizar el abucheo a periodistas que le hizo al alumnado consiste en otra característica del líder autoritario. Él señala a quién ensalzar o aborrecer; entre esta actitud tribunera y la convocatoria a escupir en la Plaza de Mayo las fotografías de quienes el kirchnerismo consideraba “enemigos del campo nacional y popular”, allá por 2011 o 2012, no hay mucha diferencia. Mal que les pese tanto a los cultores de “esta es la personalidad de Javier”, como a los gladiadores republicanos que hoy parecen figuras de cartón corrugado con las voces totalmente inertes, sin siquiera poder hacer el más mínimo señalamiento a todos los abusos de poder que está haciendo La Libertad Avanza.

El teléfono para denunciar adoctrinamientos en escuelas que instituyó el Ministerio de Capital Humano de Sandra Pettovello parece no estar funcionando desde el jueves, pero sí aparece rápidamente para sancionar a un profesor que les decía a sus alumnos que no debían votar a Milei.

En ese razonamiento polarizado, es posible que se justifiquen mediante la alusión confusa a decretos para avalar el izamiento de las banderas de Estados Unidos e Israel en el monumento de Rosario, o que en el planetario porteño se haya hecho un show de drones para celebrar el 250.º aniversario de la independencia estadounidense.

Sin embargo, cuando en Formosa se hizo el izamiento de las enseñas de Cuba y el orgullo LGBTQ+, allí sí son mensajes de adhesión al marxismo y “culto a la tenebrosa ideología de género”. Hipocresía y doble estándar en su máxima expresión.

Contradicciones misioneras

La doble vara política que ejerce La Libertad Avanza toca las puertas en la tierra colorada. En la sesión del jueves 27 de agosto, el presidente partidario y del bloque libertario, además de vicepresidente primero de la Cámara de Representantes, Adrián Núñez, denunció que fue agredido durante el debate de Comisiones de Presupuesto, presuntamente por un gremialista judicial llamado Osvaldo Sánchez, quien lo habría increpado por la precarización laboral del sector.

Núñez reclamó mayor seguridad y pidió la implementación de mayores medidas que le permitan desarrollar su trabajo legislativo con normalidad, transmitiendo un mensaje de “que a la violencia se le responde con un mayor fortalecimiento institucional”.

Mensaje coherente, válido y aceptable en una sociedad que aspira a caminar por una convivencia pacífica. Sin embargo, ¿Núñez no se ha puesto a pensar que ese episodio padecido por él mismo se circunscribe a un contexto de violencia macro (ya que tanto les gusta esa palabra)?, ¿no tiene nada que decir de los arranques del presidente?

El diputado nacional Diego Hartfield, quien siempre se caracteriza por pedir que los debates no caigan en la descalificación personal, ¿no va a condenar los ataques sistemáticos a la prensa del presidente Milei?, ¿ese es el concepto que Hartfield tiene por debatir sin descalificación personal?

Sin embargo, Hartfield valida que el presidente, desde el móvil de la radio más escuchada del país, le grite al exdirigente de la UIA José Ignacio de Mendiguren “ladrón, vos le robaste al país 130 millones de dólares”, y hasta incluso se permite decir que se está boludeando con “el temita de las formas”, mientras Milei empieza a edificar la salida “de 91 años de estafas populistas dentro del Banco Central”.

Esta semana, “el gato” tuvo dos incongruencias puntuales: el lunes, en diálogo con los colegas de Gente Digna en Aldiome, señaló acerca del deterioro de las rutas nacionales que “es difícil elegir prioridades en un estado deficitario”.

En este punto, es legítimo preguntarse: ¿qué otro elemento podría ser prioritario para el desarrollo de Misiones que no sea una condición saludable de las rutas?, siendo que se trata de una provincia a la que el azar de la geografía proveyó de una ubicación periférica, alejada de los grandes centros urbanos y como la única jurisdicción sin un solo caño de red de gas natural.

El segundo desatino lo cometió el miércoles cuando, en el debate de la Comisión de Presupuesto y Finanzas, “pidió no mentirle a la gente con el relato de los endeudados” y dijo que él también está endeudado. Lo frenó en seco la peronista Cecilia Moreau subrayando que ningún legislador puede compararse con el ciudadano de a pie, porque ellos a fin de mes tienen en su cuenta al menos 12 millones de pesos.

Al tranco de gritos, improperios escatológicos, razonamientos llevados hasta el paroxismo de la literalidad y agitando el fantasma de “suicidio social” si no acontece la reelección, Javier Milei y el modelo libertario van por la renovación de credenciales de cara a 2027.

Observando el fervoroso calor militante con el cual se topó el presidente al salir del IAEF en Iguazú, no hay lugar a dudas de que a pesar de todos los achaques se está ante un Gobierno Nacional y oficialismo sumamente competitivos.

Las preguntas que sobrevuelan consisten en si para ganar, ¿será suficiente con profundizar alaridos, observar la realidad como espectadores y no como sujetos decisivos y responsables sobre ella, además de desempolvar recuerdos oscuros del pasado terrible?

¿No habrá que presentar alguna certeza sencilla de futuro promisorio que sea detectable en la vida cotidiana, para que la población entienda que todo este viacrucis finalmente cuenta con un objetivo existencial sustentable?

Para no caer en arrogancias, cabe subrayar que por supuesto que las contestaciones a estos interrogantes las tendrá cada argentino cuando concurra a las urnas a emitir su voto. Y aunque a veces parezca que resta una eternidad, realmente no falta tanto tiempo para que se puedan empezar a conocer esas respuestas.

*Periodista