¿Qué harías si fuera tu hija?: La dolorosa verdad detrás del Ni Una Menos

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Imagen ilustrativa. / Foto: MisionesOpina

Por Matías Pintos*

Hay una pregunta incómoda que el cinismo político no puede responder: ¿qué harían esos varones machistas si la que no vuelve a casa es su propia hija? Es fácil bardear en redes sobre "falsas denuncias" o reírse de las "feministas exageradas" desde la comodidad de la abstracción. Pero el día que la violencia les arranca lo que más aman, el manual de la sospecha se desarma. Enfrentar la cama vacía de una hija, o quizás una hermana, o nieta y saber que el mundo que ayudaste a construir va a culparla a ella por su propia muerte es la peor de las condenas. Nadie debería necesitar que la tragedia le toque la puerta para empezar a exigir justicia.

Sin embargo, en la Argentina actual, la narrativa oficial camina en la dirección contraria. No es inocuo; construye realidad y, fundamentalmente, habilita conductas. Bajo la gestión de Javier Milei, la misoginia y el desprecio hacia los derechos de las mujeres dejaron de ser reacciones individuales para convertirse en una política de Estado.

Desde sus discursos públicos donde minimiza o relativiza los femicidios hasta la eliminación material del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, el mensaje que se envía desde la Casa Rosada es de un revanchismo ideológico feroz, poco entendible.

Esta estrategia discursiva, reciclada hoy como "batalla cultural", consiste en desplazar la responsabilidad del victimario y colocar la lupa sobre la víctima. Si ocurre un abuso o un femicidio, el banquillo de los acusados se traslada de inmediato: la culpa es de la longitud de la pollera, de la supuesta negligencia de la madre, o del sesgo de sospecha bajo el mantra de las "mujeres despechadas". Al tildar las conquistas y protecciones de "privilegios" o "curros", se valida la indiferencia ante el peligro real.

Esta inversión de la carga de la prueba genera un efecto devastador: la deshumanización de la víctima y la legitimación del agresor. El mensaje implícito que reciben femicidas y violadores es que sus actos están amparados por la sospecha estatal hacia la palabra de la mujer. Mientras el presidente insista en disolver la gravedad de los delitos de género en la marea de un escepticismo planificado, la violencia machista seguirá encontrando en la palabra de la máxima autoridad de la Nación su mejor y más peligrosa coartada.

Es momento de que los varones dejen de mirar para el costado. Cuiden a sus hijas, a sus hermanas, a sus compañeras; no esperen a que falte una en su propia mesa para entender que el silencio también es cómplice. Protegerlas es, antes que nada, dejar de tolerar los discursos que las desprecian.

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