La nafta sube 25% y los salarios 1%, vuelve el trueque y la realidad rompe el relato

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Imagen ilustrativa. / Foto: MisionesOpina

Por Luis Huls*

Marzo terminó con ocho aumentos de combustibles: más de 500 pesos por litro en apenas un mes. Una escalada difícil de explicar en un país que produce energía en niveles récord. Mientras Vaca Muerta alcanza cifras históricas, en los surtidores argentinos se pagan precios como si todo ese combustible viniera de afuera.

La contradicción es evidente: producimos como potencia energética, pero pagamos como si fuera que importamos.

Si realmente existiera una decisión de cuidar el bolsillo de los argentinos, sería una definición política fijar un precio acorde a la realidad local para un recurso que se produce en el país. Un precio alineado con salarios que, por decisión del propio gobierno, apenas pueden crecer alrededor de un 1% mensual por tope a las paritarias, al tiempo que el combustible subió cerca de 25% en el tercer mes del año.

Ahí aparece la gran contradicción: combustibles liberados a valores internacionales, pero salarios contenidos y regulados como un país "zurdo". Mercado libre para lo que se paga; control para lo que se cobra.

Un gobierno que llegó prometiendo desregular todo, termina interviniendo en lo más sensible: el salario. Y cuando se limita el ingreso, se limita la calidad de vida. Porque la libertad no es un eslogan: para una familia, la verdadera libertad es poder llegar a fin de mes.

Los argentinos merecen una explicación de quienes toman decisiones. Desde Javier Milei y Luis Caputo en el plano nacional, hasta los referentes locales que acompañan este rumbo: Diego Hartfield y Adrián Núñez. Sin embargo, esa explicación no llega. Se elige fingir demencia.

Se intentará justificar con la guerra en Medio Oriente. Pero ese conflicto lleva semanas, mientras que en el último año los combustibles aumentaron cerca de un 70%, más del doble de lo que fue la inflación. La cuenta no cierra.

El mismo gobierno que celebra que “no sube la yerba” en góndola lo hace a costa de haber desregulado el precio mínimo de la hoja verde, debilitando al Instituto Nacional de la Yerba Mate y empobreciendo a miles de productores misioneros. Al mismo tiempo, permite aumentos de combustible varias veces por semana. Y eso no es un dato aislado: impacta directamente en alimentos, transporte y en todo el costo de vida.

Mientras tanto, Luis Caputo pareciera que le toma el pelo a la gente: habla de los “mejores meses de la historia” y atribuye cualquier freno al “riesgo kuka”.

Pero su mirada de financista no encaja en la necesidad económica real del país. Su lógica es la lógica de la deuda, de los bonos, de la especulación, de pedir préstamos para pagar la deuda que pidió en una gestión anterior. Un circuito que se retroalimenta, pero no produce. Porque una cosa es mover dinero, y otra muy distinta es generar trabajo.

Conviene decirlo sin vueltas: finanzas no es lo mismo que economía. La primera especula. La segunda produce. La primera gira en papeles. La segunda se construye en fábricas, chacras y comercios.

La economía real no se mide en gráficos. Se mide en la calle. Es la yerba empobreciéndose, con productores que no cubren costos.
Es la forestoindustria perdiendo frente a países vecinos. Es la planta de Dass en Eldorado reduciendo personal por falta de pedidos. Es el comercio derrumbándose todos los días: a nivel país, más de 22 mil pymes cerraron y 300 mil personas perdieron empleos registrados en los últimos dos años.

Cada empresa que baja la persiana deja de producir, de pagar impuestos y de aportar a la recaudación. La torta se achica. Y cuando la torta se achica, también se reduce el 3,4% que recibe Misiones. Menos dinero para salud, para boleto educativo, para obras, menos dinero para todo.

A esto se suma la apertura indiscriminada de importaciones. Productos más baratos ingresan sin reglas claras y desplazan a la producción nacional.

La promesa de que “el ajuste lo pagaba la casta” quedó lejos. Hoy el ajuste tiene nombres concretos: trabajadores, comerciantes y productores.

El problema no es solo económico, es de prioridades. Se decide quién gana y quién pierde, favoreciendo a los sectores privilegiados y perjudicando a los laburantes, mientras deja sin herramientas a las economías regionales. Y cuando se golpea a las provincias, no se castiga a un gobierno: se castiga a su gente.

Y si los números no alcanzan, alcanza con mirar. En barrios como Villa Cabello volvió el trueque, como en 2001. Personas intercambiando lo que pueden por comida porque sus bolsillos están vacíos.

Un país donde sube la nafta, sube la luz, cierran empresas y se pierden empleos no es un país que se ordena. Es un país que retrocede. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

*Director de Misiones Opina

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