El living antes de la casa
Escenas paralelas: En Misiones, algunos dirigentes parecen más preocupados por el reparto del mañana que por administrar el presente. Arman el living antes de tener la casa. En la Nación, el caso Adorni ya no es un escándalo judicial: es un síntoma de agotamiento. La vara ética que prometió ser distinta se dobló y el final parece apenas cuestión de horas.
Por Sergio Fernández
Hay una escena que se repite en las novelas cuando el poder empieza a resquebrajarse. Alguien cree que el jefe ya no tiene el control. No porque haya desaparecido, sino porque supone que llegó el momento de empezar a acomodarse para lo que viene. Entonces aparecen los movimientos silenciosos, las reuniones reservadas, las promesas cruzadas y los dirigentes que empiezan a hablar como si el desenlace ya estuviera escrito.
El problema, claro, es cuando el desenlace todavía no empezó.
En Misiones, la ansiedad no espera el final de la función. Mientras la provincia intenta atravesar uno de los contextos económicos más difíciles de los últimos años —consecuencia de un modelo nacional que todavía no logra ofrecer respuestas para la producción, el comercio ni el consumo— una parte de la dirigencia parece más concentrada en discutir el reparto del mañana que en administrar el presente. Dicho de otro modo: están armando el living antes de tener la casa.
Carlos Rovira nunca anunció su retiro de la política, simplemente anunció que no será candidato a ningún cargo en 2027. Mientras, sigue conduciendo Encuentro Misionero y hace apenas unos meses presentó la nueva etapa del espacio. Hugo Passalacqua, mientras tanto, continúa al frente del Gobierno provincial administrando un escenario complejo, donde sostener el equilibrio fiscal ya representa un desafío cotidiano. Sin embargo, alrededor de esa conducción comenzaron a aparecer discursos que parecen correr el reloj más rápido de lo que marcan los hechos.
Hay, además, una contradicción que cuesta pasar por alto. Algunos dirigentes sostienen que hoy les corresponde únicamente administrar, como si la política hubiese quedado en pausa. Pero apenas avanzan unos minutos en la misma entrevista empiezan a hablar de nuevos espacios, de candidaturas, de cómo debería ordenarse el escenario electoral y hasta de quiénes tendrían que conducir la próxima etapa. La gestión y la política conviven, eso nunca estuvo en discusión. Lo llamativo es intentar separar una de la otra mientras se practican ambas al mismo tiempo. Más todavía cuando quien hace ese planteo ni siquiera dejó definitivamente la intendencia de su municipio para asumir una función provincial, sino que continúa de licencia. Cuesta saber dónde termina el administrador y dónde empieza el armador político.
Las segundas líneas, mientras tanto, hablan como si las definiciones ya estuvieran tomadas. Algunos exintendentes, que saben que difícilmente puedan volver a competir en sus municipios, empiezan a mirar hacia otros destinos. Otros buscan instalar hipótesis de ruptura que nadie con verdadera capacidad de decisión confirmó. La política tiene esas cosas: cuando escasean las certezas, sobran los intérpretes. Y también, dicho sea de paso, los que confunden sus deseos con la realidad.
El detalle que conviene no perder de vista es que las provincias no viven aisladas de la Argentina. Y la Argentina atraviesa una etapa demasiado delicada como para jugar a las fracturas. La caída del consumo, el cierre de comercios, la pérdida de empleo y la incertidumbre económica generan suficiente preocupación como para agregarle otra dosis de inestabilidad política. La unidad nunca garantiza el éxito, cierto. La fragmentación, en cambio, casi siempre garantiza problemas. Y problemas son precisamente lo que sobran.
Por eso llama la atención que algunos dirigentes parezcan más interesados en explicar diferencias que en construir coincidencias. La propia oposición ofrece un ejemplo bastante elocuente. En la Cámara de Representantes, La Libertad Avanza dejó de ser un bloque único después de que la diputada Nelly Guerrero decidiera conformar un monobloque. La fuerza que llegó prometiendo terminar con la vieja política comenzó a experimentar las mismas divisiones que tantas veces criticó. Nadie dijo que fuera fácil, pero tampoco es necesario subrayarlo tanto.
Al mismo tiempo, empiezan a multiplicarse reuniones donde conviven dirigentes que hace apenas unos meses parecían representar proyectos incompatibles. Radicales, libertarios, peronistas, referentes provinciales y actores de distintas procedencias comparten mesas cuyo único punto de acuerdo parece ser observar qué ocurre dentro del oficialismo. Una curiosidad política: en lugar de construir una alternativa alrededor de una propuesta propia, buena parte de la oposición sigue organizando su estrategia en función de los movimientos de Encuentro Misionero. Como si el principal proyecto político todavía estuviera del otro lado. Esa dependencia también explica por qué cualquier versión sobre el oficialismo encuentra tanta repercusión. Porque hay más dirigentes esperando una definición ajena que construyendo una propia.
Mientras tanto, la realidad sigue avanzando. Passalacqua continúa gestionando. Rovira mantiene la conducción política. Lucas Romero Spinelli, Leonardo “Lalo” Stelatto, Oscar Herrera Ahuad y otros dirigentes recorren la provincia con agendas institucionales y políticas que muestran un espacio en movimiento, más allá de las discusiones que naturalmente existen. Porque discutir no debería ser el problema. El problema empieza cuando algunos creen que una diferencia táctica justifica poner en duda un proyecto construido durante más de dos décadas. Toda fuerza política necesita renovar liderazgos. Es saludable que existan miradas distintas y debates sobre el futuro. Lo que no resulta saludable es confundir renovación con demolición.
Sobre todo en un país donde el gobierno nacional convirtió la confrontación permanente en un método de construcción política. La experiencia demuestra que el enojo puede servir para ganar una elección. Mucho más difícil es que alcance para gobernar. Misiones, con sus aciertos y sus errores, construyó durante años una identidad política basada en otra lógica: discutir puertas adentro y gobernar hacia afuera.
La diferencia, tal vez, sea esa. Mientras algunos ya están escribiendo el último capítulo, los que escriben la historia todavía no llegaron ni al segundo acto. Y cuando la obra no terminó, cualquier epílogo anticipado es, simplemente, un error de lectura. O, si se prefiere, la torpeza de armar el living antes de tener la casa.
Fin
Manuel Adorni renunció. La noticia, que se venía masticando desde hacía semanas, terminó de concretarse mientras Javier Milei estaba en Europa y Karina Milei, desde Buenos Aires, empujaba la salida que el Presidente no quería aceptar. El jefe de Gabinete, investigado por enriquecimiento ilícito y acorralado en el Congreso, escribió en su cuenta de X un mensaje de despedida: "Gracias por su confianza Presidente. Ha sido un verdadero honor". Dos minutos después, Karina Milei publicó el suyo. Una agonía de más de cien días que terminó un sábado de Mundial.
Hay una diferencia enorme entre cometer un error y decidir convivir con él. Los gobiernos suelen equivocarse. Es parte del ejercicio del poder. Lo que los termina definiendo es cuánto tardan en reconocer el problema y qué hacen después. El caso de Manuel Adorni, sin embargo, terminó mostrando otra cosa. No habló solamente de un funcionario cuestionado por el crecimiento de su patrimonio. Terminó contando cómo gobierna Javier Milei.
La secuencia ya era conocida. Primero aparecieron las fotos con su esposa paseando por Nueva York. Más tarde la denuncia. Después llegaron las explicaciones que explicaban poco. Más tarde vino el respaldo cerrado del Presidente, de Karina Milei y de casi todo el gabinete. Recién cuando el costo político empezó a crecer apareció una frase distinta. Milei dijo que si la Justicia determinaba que Adorni cometió un delito, él mismo le iba a pegar una patada para echarlo.
Hace apenas unas semanas el mensaje era otro. El respaldo era absoluto. Después apareció el primer condicionante. Y en política, cuando un líder empieza a poner condiciones para sostener a uno de los suyos, es porque ya empezó a imaginar el escenario siguiente. El problema no era la patada. El problema era todo lo que pasó antes.
Milei llegó al poder prometiendo que no iba a repetir los vicios de la política tradicional. No pidió un cheque en blanco. Pidió que lo acompañaran porque, según decía, él era distinto. La diferencia, se suponía, no era solamente económica. Era moral. Por eso sorprendió que necesitara esperar una sentencia judicial para decidir qué hacer con uno de sus hombres de mayor confianza. La Justicia deberá establecer si hubo delito. La política no necesita esperar tanto. Cuando un funcionario no puede explicar de manera convincente cómo multiplicó su patrimonio, el problema ya existe. Después vendrán jueces, fiscales y expedientes. Pero el costo político empieza mucho antes.
El Gobierno, una vez más, reaccionó tarde. Pasó con el caso Libra. Pasó con otros funcionarios. Pasó cada vez que el oficialismo decidió defender primero y preguntar después. Como si el problema no fuera lo que ocurrió, sino quién lo contó. Una costumbre vieja: cuando no se puede atender el fondo, se ataca al mensajero.
También llamó la atención el cambio de Milei. Durante la campaña hablaba de la casta como una categoría moral absoluta. No había grises. El que usaba el Estado para beneficiarse era parte del problema. Después el discurso pareció otro. Si el cuestionado pertenece al propio espacio, primero se lo abraza, después se relativiza el tema y, cuando la presión se vuelve demasiado grande, recién aparece la posibilidad de soltarle la mano. Eso ya no es una excepción. Empieza a parecer un método.
En esa decisión también estuvo Karina Milei. Hace tiempo dejó de ser solamente la hermana del Presidente. Es quien administra buena parte del poder político de La Libertad Avanza. El respaldo a Adorni también llevó su firma. Y también fue ella, finalmente, quien empujó la salida. Esperó el momento oportuno, mientras su hermano estaba en Europa, para gestar la renuncia que el propio Milei no quería aceptar. Un ejemplo más de la particular mecánica de gestión de los Milei que los históricos del espacio aprendieron a entender a la fuerza, con el tiempo: llega un punto en el que esperan a que el tema canse al Presidente para actuar.
Por eso el problema ya no era de un funcionario. Era de todo el proyecto.
Mientras tanto, en los pasillos de la Casa Rosada ya empezaron a circular versiones sobre posibles reemplazantes. Diego Santilli, hasta ahora titular de Interior, aparece como el nombre más firme. Aunque en su entorno aseguran que no quería saber nada con ese lugar caliente, donde, reconocen, "te quemás". También se rumorea la posibilidad de Pablo Quirno, el canciller, cercano a los Caputo y de buena relación con Karina Milei. Pero los nombres, en estos casos, son apenas el síntoma de que el cargo ya estaba vacío antes de que se anunciara la renuncia.
La decisión se masticaba desde hacía semanas, pero terminó de tomarse en el despacho de Karina Milei el jueves, cuando Milei ya había partido hacia Europa. Adorni salió con su carta al Presidente a las 18.38 del sábado. Karina, con su tuit, dos minutos después. Una agonía de más de cien días que terminó en un sábado de Mundial, con el jefe de Gabinete abandonado por el resto del Gabinete, apuntado por la Justicia y acorralado en el Congreso. Incluso los aliados del PRO y la UCR, que intentaron ayudarlo con artilugios reglamentarios para postergar los pedidos de interpelación, ya no tenían margen para sostenerlo.
Hay una ironía, por cierto, que no se puede pasar por alto. Durante meses, Adorni convirtió una palabra en su sello personal. Cerraba sus publicaciones con una despedida seca, definitiva, casi desafiante. Fin. Esta vez, esa palabra terminó describiendo algo más que un posteo.
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OLGA says:
…q CARADURA LA REPOSTERA 3%…LA AGONÍA TB ES PARA EL PUEBLO Q ELLA SIGA GOBERNANDO UN PAIS Q NADIE LA VOTO…