El consenso federal como salida al estancamiento crónico

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Imagen ilustrativa. / Foto: MisionesOpina

Por Martín Lozina*

Mientras en Argentina la sociedad civil hace malabares cotidianos para sostenerse en pie, la discusión política se empeña en arrastrarnos a un ring, obligándonos a elegir entre dos opciones que, en el fondo, comparten la misma matriz asfixiante.

Nos dicen que el porvenir se debate entre la profundización de un experimento libertario que desguaza los lazos sociales en nombre de un dogmatismo frío, o el regreso a un estatismo hipertrofiado que ya demostró su capacidad para dilapidar recursos.

Figuras como Javier Milei y Axel Kicillof se presentan como los supuestos arquitectos de una nueva era, pero en realidad representan la cristalización de lo que el director del Centro David Rockefeller de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Harvard, el politólogo Steven Levitsky define como la degradación de los canales de representación tradicionales a manos de outsiders y liderazgos polarizantes.

Esto, lejos de construir el futuro, son las dos caras de una misma moneda gastada: la polarización extrema como método de supervivencia y el centralismo porteño como único ganador, dejando afuera siempre, no importa quien gane a las provincias argentinas.

Como bien afirma la filósofa y politóloga belga, profesora emérita de la Universidad de Westminster en Londres, Chantal Mouffe, al analizar los riesgos de la política contemporánea, cuando la confrontación democrática se desplaza del terreno del debate de ideas al de la negación moral del adversario, la lógica amigo o enemigo, la deliberación republicana entra en crisis.

El actual modelo económico centraliza las decisiones ignorando el impacto real en las cadenas de valor del interior, mientras que la alternativa bonaerense insiste en recetas de subsidios cruzados y lógicas corporativas que ya fracasaron. Ninguno de los dos encarna una verdadera opción.

El mesianismo de un lado y el dogmatismo burocrático del otro operan bajo una lógica schmittiana de suma cero: el triunfo propio requiere la aniquilación identitaria del otro. Este juego político condena a la sociedad al estancamiento crónico como destino.

Argentina no necesita volver atrás, ni permanecer suspendida en el vacío del experimento permanente. El verdadero motor de la reconstrucción nacional no se va a gestar en los sets de televisión de la Capital Federal ni en las oficinas de la gobernación de La Plata. La confianza institucional no se recupera mediante promesas de refundación totalitaria ni con la nostalgia de un pasado idealizado, sino a través de un liderazgo de proximidad y la eficacia de las instituciones intermedias.

Ahí, creo, radica la potencia de las provincias. El federalismo argentino no debe ser una mera ventanilla de negociación fiscal o un pacto de subsistencia entre caudillos, sino una visión de país que entiende que la riqueza, la innovación y el tejido social se generan desde las periferias hacia el centro. Son los gobernadores, las economías regionales, los municipios y los entramados productivos del interior los que tienen la capacidad de gestionar la sutil diferencia entre administrar una planilla de Excel macroeconómica y sostener la vida comunitaria real.

El próximo gobierno nacional tiene la obligación histórica de nacer de este consenso federal. Debe ser una alternativa que desarticule la tiranía del puerto, que reconozca el valor estratégico de la educación pública, el arraigo local y que potencie la matriz productiva de cada región sin el ahogo del centralismo.

Para el futuro de nuestro país, creo que solo una coalición nacida de las provincias, con los pies sobre el territorio y lejos de las histerias metropolitanas, podrá quebrar la inercia de la grieta y devolverle a la Argentina una normalidad previsible y constructiva.

*Periodista

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