Milei, la iglesia y la deshumanización
Por Matías Blanco*
Argentina se encuentra viviendo en una sociedad con tiempos y ritmos convulsionados. La vorágine diaria por la supervivencia propia unida a la familiar, producto de una crisis multifactorial, provoca que en abundantes ocasiones desaparezca la posibilidad de ver qué está pasando “más allá de la nariz” o del metro cuadrado personal.
La empatía y la capacidad de verse reflejado en los padeceres de otro parece a todas luces ser cosa del pasado o “un cliché” pasado de moda. No importa qué pase alrededor siempre y cuando esos sucesos no afecten el proyecto de vida personal de cada uno; es este individualismo el que va carcomiendo desde adentro lo mejor de nuestras virtudes e inhabilita la sensibilidad inherente a la constitución del ser humano.
Todos estos fantasmas buscó disipar con su tedeum del pasado 25 de mayo —día de la patria y 216.º aniversario de la Revolución— el arzobispo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, monseñor Jorge García Cuerva. En su mensaje expuso con una claridad meridiana, tan contundente como inapelable, las realidades del país tan fragmentado en el cual vivimos. Dentro de esta diatriba, García Cuerva pretendió sacar del estado “de postración” —tal cual lo definió— a miles de argentinos, quienes sienten que las oportunidades tanto de ascenso como de proyección social ya han pasado por “el cuarto de hora” positivo de sus vidas y probablemente no regresen.
Haciendo las debidas interpretaciones del caso, uno podría decir que “los postrados” de esta Argentina 2026 son, probablemente y sin temor alguno a equivocaciones, los jubilados, las personas con discapacidad, los desempleados y —aunque suene desagradable decirlo— todos aquellos que han sido afectados negativamente por la implementación de las políticas socioeconómicas implementadas desde el gobierno del presidente Javier Milei.
Mediante la parábola del paralítico que es acercado a Jesús para las curaciones de su condición, el arzobispo porteño busca acentuar la trascendencia poseída por el acompañamiento tan genuino como social del más desprotegido, dejando de lado la intolerancia y, en otros tantos casos, la petulancia.
Este prelado también pidió acabar con el agite permanente de la brecha política —para algunos denominado polarización—, que puede ser útil en el objetivo fervoroso de lograr un triunfo electoral frente a otra representación, aunque luego resulta insuficiente en pos de lograr un proyecto social contenedor y sólido de las grandes mayorías.
García Cuerva, en otro pasaje de su homilía, alertó por los riesgos del “desmembramiento social”, el peligro de moldear una fractura colectiva de modo tal que solo sea importante el salvamento individual exclusivo e incluso, en una segunda instancia, el de los miembros familiares.
No obstante, no todas fueron pálidas: el clérigo dijo que, al igual que todos los males aquejantes de la amargura nacional, la recuperación tiene idéntica potencia y también reside en nuestras manos. “Argentina, camina y levántate”, exclamó.
Lo curioso es que el arzobispo porteño disertó acerca de desmembramiento y fragmentación ante la plana mayor de un Gobierno nacional atestado de desconfianzas e internas, junto a la dilución cada vez más marcada del entramado sociopolítico que lo condujo al Poder Ejecutivo de la Nación en diciembre de 2023.
Las desavenencias internas de La Libertad Avanza ya ni siquiera pueden atemperarse en el contexto de la calma y virtud que implican una cita solemne de la Iglesia católica —enclave religioso con predominancia en la mayoría de la construcción nacional argentina—.
A esta misa, que tenía como objetivo conmemorar el nacimiento de la patria celeste y blanca tal como la conocemos en la actualidad, la administración libertaria llegó exhibiendo un conflicto sumamente mundano —sumamente asemejable a las diferencias de criterios que podríamos hallar en las vecindades dentro de las cuales habitamos—: decidieron no invitar a la ceremonia a la vicepresidenta Victoria Villarruel. El equipo de trabajo vicepresidencial “vomitó” a la opinión pública el desaire protocolar la tarde del sábado 23 de mayo, cuando sostuvieron que las invitaciones al tedeum son cursadas con una semana de anticipación desde la regencia de la Secretaría General de la Presidencia de la Nación (territorio inexpugnable de Karina Milei). Los vínculos entre Villarruel y su otrora compañero de fórmula, tanto para la diputación nacional en 2021 como en la presidencia de 2023, se conducen con deterioro desde que en marzo de 2024 “la generala” osó decir en una entrevista con Jonatan Viale (prácticamente la única que dio a un canal de alcance nacional desde que es vicepresidenta) que Javier Milei se encontraba atorado “entre dos chicas bravas como Karina y yo. Pobre jamoncito”.
Ese apodo, si se quiere picaresco, desagradó profundamente en la Casa Rosada al punto de desatar las especulaciones de que Villarruel se había desentendido de los destinos de “la primera gestión liberal-libertaria del mundo” en pos de emprender los avatares de una aventura política propia. Desde entonces se sucedieron todas las acusaciones de menosprecio personal, boicot legislativo y diferenciación conductual que en teoría la vice ejerció con el objetivo de empeorar la consideración social del presidente.
De hecho, todos estos dimes y diretes sirvieron para que Milei, en una entrevista en Neura con Alejandro Fantino durante diciembre, pudiera llamar “burra, bruta y traidora” a su número dos en la conducción argentina, además de atribuirle a la pertenencia a un grupo corporativo y financiero la conspiración que lo llevó a perder atronadoramente las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires ese mismo mes.
Sin adentrarnos tanto en la pormenorización de hechos que provocaron el divorcio de este matrimonio político, la no invitación a Victoria Villarruel a la misa celebratoria del alumbramiento de la patria moderna argentina implica, cuanto menos, una afrenta institucional mayúscula. Villarruel tuvo la misma legitimación popular mediante el voto soberano que Javier Milei y cualquiera de los legisladores de La Libertad Avanza. Una validación con la que no cuenta, por ejemplo, Karina Milei, quien llegó a la Secretaría General de la Presidencia mediante la derogación de un decreto firmado durante la gestión de Mauricio Macri que prohibía el nombramiento directo de familiares de funcionarios dentro de cargos públicos.
Bajo el artilugio de que para gobernar necesitaba “personas de su entera confianza”, los Milei lograron vulnerar esta barrera institucional ni bien despuntaba el inicio. Señal que debió ser suficiente para muchos de que esta no sería una administración respetuosa de la transparencia y tanto de los principios como de los mecanismos de la República. No pudo ser. No obstante, a esta altura “del campeonato”, ¡la cantidad de sucesos que nos hubiésemos ahorrado!
Javier Milei recién reaccionó el martes a los dichos de la homilía de Jorge García Cuerva. En diálogo con Eduardo Feinmann en su programa de Mitre, ensayó una postura templada (inhabitual en él) y aseguró que “no se sintió atacado” por el sacerdote, que expuso su opinión de “una manera educada”, útil “para plantear un debate”, y entiende las palabras de García Cuerva como “lógicas desde su posición”.
Practica el mandatario nacional una racionalidad tanto cognoscente como casi fría de que la religiosidad es casi uno de los únicos valores de la vida comunitaria argentina que aún merece un voto de confianza y —valga la redundancia— de fe.
Eso no quita que sus alfiles ideológicos y funcionarios nacionales de segundo rango pudieran emprender la cruzada conceptual contra los dichos del arzobispo porteño, porque en rigor representan una dimensión diametralmente opuesta de los conceptos y efectos de las políticas públicas aplicadas por LLA. El diputado nacional y presidente de la Comisión de Presupuesto, Bertie Benegas Lynch, dijo que García Cuerva “fue sumamente injusto con los logros del gobierno” y se despachó lapidariamente con que “a la Iglesia le gusta practicar el peronismo desde la sotana”.
Bertie es hijo de Alberto Benegas Lynch (hijo) —según Javier Milei, “padre del liberalismo argentino actual”—. En la campaña presidencial 2023, Alberto propuso que, si Milei resultaba electo, el país rompiera relaciones diplomáticas con el Vaticano, bajo el pretexto de que la Santa Sede católica se encontraba emprendiendo una “deriva peligrosa” hacia los valores del colectivismo y “la invisibilización” de la libertad individual.
Otros referentes libertarios de menor valía institucional, sin embargo de idéntico peso público, dijeron que, producto de las palabras de García Cuerva, “cada vez más personas abandonaban en estampida la Iglesia católica”.
Estos pensamientos son producto de la conceptualización que desarrollan sectores políticos conservadores de que la Iglesia católica solo opina de política y expresa su preocupación por la situación social del país “cuando no gobierna el peronismo”. De ahí los cuestionamientos al papa Francisco por “haberle puesto cara de culo” al expresidente Mauricio Macri en la fotografía que se exhibió luego de la audiencia privada de 22 minutos que mantuvieron en febrero de 2016, cuando el líder del PRO recién daba sus primeros pasos en la magistratura nacional.
También el eterno reproche lastimero de que Francisco jamás haya visitado Argentina en calidad de sumo pontífice desde que asumió el cargo el 13 de marzo de 2013. Luego se lo acusó de ser “cómplice de delincuentes” y “defensor de autoritarios” por haberle enviado un rosario a prisión a la dirigente social jujeña Milagro Sala —detenida en condiciones ampliamente discutidas desde hace más de diez años— o por haber recibido en el Vaticano al dictador venezolano Nicolás Maduro Moros.
Lo que cuesta entender es que un líder religioso no debe ser un “barrabrava policíaco del pensamiento” o un periodista partidario de nuestras posiciones políticas, tal como si se tratara de los cronistas que cubren para los canales televisivos el día a día de Boca Juniors y River Plate, respectivamente.
En realidad, el líder religioso es un pastor que debe expresar la virtud de acercarse y escuchar en aquellos lugares o a personas donde muchos no quisiéramos estar. Lo digo desde la posición de haber sido alguien que aborreció durante mucho tiempo a Milagro Sala por estar interiorizado de la catarata de causas de corrupción que se le imputaban y se visibilizaban en los medios de comunicación.
Luego entendí que, más allá de mi percepción personal, enviarle un rosario a Sala no constituye “avalar a una corrupta”, sino acercarle un gramo de dignidad a quien probablemente esté expiando sus culpas por haberse alejado de Dios o haber pisoteado la dignidad de sus semejantes.
Esa tendencia al sadismo o a disfrutar “la patada en el suelo” a los otros es una tesitura que crece y de la que también advierte, desde nuestra Posadas, el sacerdote Alberto Barros, vicepresidente de Cáritas Diocesana. Barros, al igual que García Cuerva, se ha hecho eco de los riesgos de la desintegración social y la propensión al odio profundamente antihumanista.
No se trata de ser pro o anti-Milei, pro o anti-Cristina Fernández de Kirchner; sino que todos quienes nos paremos de un lado u otro somos seres humanos con una historia, una vida y sueños por cumplir.
Como bien dijo Jorge García Cuerva, nadie es descartable y, para construir esa “Argentina mejor del mañana que nunca llega” —como sostiene el admirable colega Nelson Castro—, se necesita absolutamente de todos sin importar ningún tipo de condición.
Nadie sobra.
*Periodista
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