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Por Matías Pintos*

La contradicción argentina se ve expuesta entre el verde césped y el cuarto oscuro, revelando un doble discurso que es imposible caretear.

El miércoles la Selección se juega la vida contra Inglaterra en Atlanta y las gargantas se van a romper cantando por "los pibes de Malvinas que jamás olvidaré". Esa frase no es cotillón de cancha; es un nudo en la garganta, un juramento colectivo y el abrazo que les debemos a los que se quedaron custodiando las islas bajo el turbal congelado.

Sin embargo, el eco de ese grito sagrado hoy rebota contra una realidad incómoda y dolorosa: el Gobierno actual idolatra abiertamente a la mujer que ordenó hundir el ARA General Belgrano. No hay teoría económica ni libre mercado que alcance para explicar semejante grieta identitaria. La historia no es un papel en blanco donde podés elegir los números de Thatcher y borrar las cruces de Darwin.

Este cruce mundialista funciona como un espejo descarnado para una sociedad con los cables pelados. Separar la "gestión económica" del dolor de nuestros veteranos y de las madres que lloraron sobre tumbas sin nombre es un lujo teórico para intelectuales de escritorio.

En la vida real, en la que se siente en el pecho, envolverse en la bandera celeste y blanca frente al televisor mientras se justifica políticamente a los verdugos de nuestros soldados no es pragmatismo. Cantar por los pibes de Malvinas en la tribuna y votar a un presidente que idolatra a Margaret Thatcher habla de una incoherencia feroz. Es una rendición cultural que ningún resultado deportivo va a poder tapar, porque el orgullo nacional no se negocia por una promesa de estabilidad.

¿Qué nos pasó y qué nos está pasando como pueblo que no podemos ver que muchas veces el enemigo está adentro, como hoy? Así como nos unimos para alentar a la Selección y amamos profundamente nuestra bandera, también tenemos que ser capaces de elegir representantes que luchen y defiendan nuestra tierra, no que la entreguen. Alentemos a la Scaloneta con el alma, pero votemos por políticos que, de la misma manera que nosotros amamos esa camiseta, ellos amen a su país y dejen de vendernos al mejor postor sin importarles el hambre de su pueblo.

Porque la patria no se remata y la memoria no se privatiza. El miércoles, cuando la pelota ruede y el corazón se nos salga del pecho, recordemos que el verdadero triunfo no será solo ganarle a los ingleses en una cancha, sino volver a mirarnos a los ojos como pueblo y recordar quiénes somos. Que el grito por nuestros héroes no se quede atrapado en la tribuna; que sea el faro que nos devuelva la dignidad en las urnas, porque aplaudir a su verdugo siempre será una herida abierta en el alma de la patria.

*Abogado y periodista