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Por Matías Pintos*

La decadencia argentina ha parido una fractura salvaje que convive bajo el mismo cielo. En un extremo, una porción de la sociedad habita una burbuja globalizada y pudiente, conectada al siglo XXI, con acceso a tecnología de punta, consumos premium y mercados internacionales. En el otro extremo, se extiende una geografía del desamparo donde la urgencia diaria congela cualquier posibilidad de planificar el mañana y la supervivencia se reduce a conseguir el sustento básico. Bajo la frialdad tecnocrática de la gestión oficial, este desacople brutal disolvió la última red de contención que igualaba a las clases, inaugurando una era de profunda desatención territorial.

La carne barata en la mesa familiar no era un simple dato económico; era la garantía de que el cuerpo y el cerebro de los chicos crecían con proteínas de calidad. De esa base biológica, por ejemplo, nacía el milagro del potrero. El pibe que brillaba en la cancha de tierra del barrio y terminaba deslumbrando al mundo no salía de un gimnasio de alta competencia ni de un centro de alto rendimiento. Salía del barro, pero salía alimentado. Tenía los músculos fuertes, los reflejos intactos y la agilidad mental para decidir en una baldosa porque su escasez material no significaba hambre. El potrero fue la fábrica de movilidad social más pura del país porque el tejido físico de esos chicos estaba sano. Hoy, ese motor histórico de igualdad está apagado: a los pibes de hoy les estamos quitando las piernas antes de que empiecen a jugar.

La realidad actual nos estalla en la cara con un desamparo que no necesita planillas de Excel para demostrarse. Se ve en las barriadas populares, donde la paradoja de la crisis parió una nueva trampa: la de los cuerpos hinchados a base de harinas, fideos y carbohidratos baratos porque las familias ya no pueden comprar alimentos frescos, leche ni proteínas de calidad. Es la pobreza del desarrollo cognitivo; chicos que muestran sobrepeso pero que están biológicamente desprotegidos, sin el combustible necesario para desarrollar su intelecto ni su fuerza física.

La gravedad terminal de este escenario radica en que el hambre no espera a que la macroeconomía se ordene. Cuando un chico come el mismo guiso aguado todos los días, la biología clausura su futuro. Lo que el cerebro no desarrolla en los primeros meses y años de vida, no lo desarrolla más. Lo que no se arregla de bebé, no se puede arreglar de grande. En esta nueva configuración social, el hijo del laburante ya no puede ser médico. No porque falte voluntad, sino porque le vaciaron el tanque biológico antes de llegar a la escuela. Al desfinanciar los comedores comunitarios, licuar los salarios y desentenderse de los precios bajo el dogma del libre mercado, el Gobierno está transformando la pobreza en una herencia del origen, un destino marcado e irreversible.

El daño más profundo, sin embargo, no es solo material; es psíquico. Hoy los pibes y pibas ya no creen en la promesa del mérito, ya no creen que pueden subir. Se rompió el lazo invisible que nos unía como comunidad. Dejamos de ser aquella Argentina de la clase media y la movilidad ascendente para convertirnos en dos naciones distintas que viven bajo el mismo suelo, pero que ya no se cruzan más. Se miran de lejos, con desconfianza o indiferencia, separadas por una fosa insalvable de oportunidades ausentes.

Celebrar el superávit fiscal y el alivio financiero mientras se vacían las heladeras de los barrios populares es de una ceguera histórica imperdonable. El daño nutricional infantil no es una variable pesificada que se recupera en el próximo trimestre de reactivación económica. Lo que se está rompiendo hoy es la materia prima del mañana. Un país con los cerebros desnutridos es una nación condenada a perder su ciencia, su industria, su potrero y su destino. Al privatizar de facto el acceso a la comida elemental, la gestión actual no está ordenando la economía; está destruyendo la identidad del país que supimos ser.

"Nos queda un suelo compartido, pero nos falta el abrazo; caminamos la misma patria como extraños que ya no se miran a los ojos, habitando dos países distintos bajo un mismo y herido cielo argentino."

*Abogado y periodista especializado en familias, géneros y violencias