Por Martín Lozina*
La política de la tierra colorada siempre ha tenido una partitura propia, ejecutada a un ritmo que suele desconcertar a los analistas “expertos” de Buenos Aires. Mientras el escenario nacional se debate en ruidos estridentes, reconfiguraciones de Gabinete y liderazgos que se construyen a base de discursos confrontativos, en Misiones el eje de gravedad parece haberse trasladado a un lugar mucho más silencioso, pero considerablemente más sólido: el territorio y la administración diaria.
Asistimos a un fin de época en términos de estructuras tradicionales. La disolución de viejos sellos electorales y la emergencia de nuevas denominaciones no son más que el reflejo de un mapa que se redibuja. Sin embargo, en medio de las especulaciones sobre el 2027, encuestas tempranas y reacomodamientos de cúpulas, la verdadera fortaleza política no se está midiendo en la capacidad de dictar directivas desde un escritorio, sino en el pulso diario de cada intendencia y las respuestas concretas a los sectores productivos.
Hay una sutil, pero crucial diferencia, entre la alta estrategia política y el pragmatismo que exige gobernar en tiempos de asfixia macroeconómica. Cuando a nivel nacional la clase media y baja siguen perdiendo poder adquisitivo, la urgencia ciudadana no pasa por quién se queda con la lapicera de un partido, sino por quién garantiza que las herramientas de fomento, como los programas de financiamiento local y el sostenimiento del empleo, sigan activas.
En este contexto de fragilidad, resulta cada vez más evidente el contraste entre quienes sostienen el día a día con el cuerpo, se ensucian las zapatillas y aquellos funcionarios que confunden la foto y pirotecnia discursiva con gestión.
Existe una llamativa quietud en ciertos despachos, habitados por figuras que generan mucho humo mediático y abundante interacción en redes sociales, pero que exhiben una alarmante falta de militancia real y de contacto con la demanda social.
La legitimidad no se construye con filtros ni con comunicados de prensa; se edifica caminando las chacras, los barrios y escuchando los problemas de la gente sin intermediarios. Por eso, el debate sobre el futuro inmediato no puede ser ajeno a una madura oxigenación. En todo espacio político dinámico y con vocación de permanencia, debe existir de manera natural una renovación en la conducción del poder.
Los procesos históricos exigen relevos que sintonicen con la sociedad, de líderes que estén en la cancha. Los cambios en los cuadros de conducción no implica una ruptura con el pasado, sino la evolución necesaria para que las estructuras no se vuelvan endogámicas ni se distancien del ciudadano común.
El pronunciamiento de los jefes comunales del interior provincial no debería leerse como una simple interna, sino como un síntoma de época. Los intendentes, que son quienes reciben el primer impacto de la demanda social en cada localidad, han dejado claro qué tipo de liderazgo necesitan para capear la tormenta: uno basado en la escucha atenta, la proximidad y, fundamentalmente, el respeto a la autonomía territorial. Es la revalorización de la gestión pública como el único ordenador real.
Quienes intentan forzar alineamientos apresurados o imponer lógicas de control que pertenecen al pasado, el rumbo de la provincia parece consolidarse en torno a la previsibilidad y la sensatez institucional. En este nuevo ecosistema que se está gestando, el poder real ya no emana de la mística de las estructuras cerradas, sino de la legitimidad que otorga el estar al frente del timón del Estado en el momento más complejo.
Quienes eligen el perfil bajo, la gestión administrativa, estar al lado del vecino, solucionando el día a día, confrontando los problemas de la crisis, dejando de lado la pompa de las reuniones, que no solucionan nada y solo sirven para que mequetrefes sin vocación militante se muestran para ocupar un carguito, están entendiendo, quizás mejor que nadie, cuál es el norte que la sociedad misionera reclama.




