Home Posts tagged diputados Misiones

Por Luis Huls*

Durante demasiado tiempo se instaló en Misiones una idea funcional al poder: que la política era patrimonio casi exclusivo de Carlos Rovira, el único capaz de leer el tablero, anticipar movimientos, construir mayorías y negociar con Buenos Aires. Sin embargo, quizás, la explicación era menos extraordinaria y bastante más terrenal: durante años construyó un esquema diseñado para concentrar casi todas las decisiones, reduciendo al resto a acompañar, obedecer y evitar cualquier crecimiento propio que pudiera interpretarse como una amenaza. Algunos dirigentes “autorizados” hicieron política, pero entre algodones, con caja, estructura y protección, siempre dentro de los límites que aquel sistema establecía. ¿Eso era realmente hacer política? Otros directamente dejaron de necesitarla: les bastaba administrar el lugar asignado y esperar instrucciones. Ahora, después del reordenamiento del poder, los primeros descubren la incomodidad de competir sin red y los segundos se ven obligados a utilizar herramientas que nunca desarrollaron del todo: negociación, consensos, debate y construcción propia. Cuando se levanta el cepo no solamente aparecen libertades: también quedan expuestas las capacidades.

Hugo Passalacqua hizo algo bastante más profundo que romper con un dirigente: levantó el cepo a la política, abrió la tranquera y dejó aparecer intendentes, ministros legisladores, exgobernadores y dirigentes que durante años habían acumulado territorio, experiencia y relaciones debajo de una conducción extremadamente vertical. Y allí aparece una lectura dolorosa para el viejo relato: quizás no era Rovira quien sostenía toda la estructura anterior; quizás la estructura también sostenía a Rovira. El poder nunca consiste solamente en que uno mande y el resto obedezca: necesita también del acompañamiento, el compromiso y la aceptación de quienes se subordinan a la autoridad. Cuando esos actores recuperan autonomía, el poder se redistribuye y la política vuelve a empezar.

Hacer política no es sacarse fotos, pronunciar discursos ni ocupar cargos. Es administrar conflictos que no pueden eliminarse, construir mayorías donde naturalmente no existen, representar intereses diferentes, negociar sin renunciar a lo esencial y encontrar puntos de acuerdo entre quienes quieren cosas distintas. Es transformar poder disperso en capacidad de decisión. Buena parte de eso, con una velocidad difícil de imaginar pocos meses atrás, comenzó a ocurrir desde que Passalacqua rompió con el esquema anterior y habilitó un funcionamiento diferente. Que sea más abierto no significa necesariamente que sea mejor. Esa es, precisamente, la discusión que recién comienza.

Primera muestra: Closs. La presencia de Maurice Closs junto a Passalacqua es probablemente la fotografía más contundente de un escenario que cuatro meses atrás pocos imaginaban. Un gobernador que condujo Misiones durante ocho años, que después fue prácticamente borrado de la conversación oficial y que ahora reaparece sin una candidatura en discusión, aportando experiencia, relaciones y dirigentes dentro de una construcción conducida por otro gobernador. Su presencia demuestra algo todavía más importante: un dirigente con volumen propio puede participar sin someterse, acompañar sin disputar el timón y aportar sin renunciar a su identidad política. Parece una obviedad. Durante mucho tiempo en Misiones no lo fue.

Segunda muestra: la Legislatura. Durante años fue extremadamente previsible. Antes de comenzar una sesión podía anticiparse qué proyecto saldría, cuál no, cuántos votos tendría cada uno y hasta qué discusión estaba permitida. Ahora aparecen diferencias, cuestiones de privilegio, reclamos por el funcionamiento de la Cámara, bloques contando votos y hasta votaciones que el oficialismo pierde y no consigue reconsiderar. Puede resultar desprolijo. También es política. Movimiento por lo que Viene consolidó volumen propio y las mayorías dejaron de ser una formalidad destinada a confirmar decisiones tomadas en otro lugar. Pero aquí aparece el primer riesgo serio: sin objetivos comunes, la horizontalidad puede convertirse en dispersión y la dispersión en caos. Levantar el cepo no significa abolir el orden, sino construirlo de otra manera. Administrar obediencias era más sencillo. Conducir dirigentes que recuperaron autonomía será bastante más difícil.

Tercera muestra: el Congreso. Passalacqua recuperó la referencia política sobre los legisladores nacionales, desarmó la vieja estructura de Innovación Federal y convirtió a los cuatro diputados misioneros en la columna vertebral de Argentina Federal, un bloque de nueve integrantes que pretende utilizar como herramienta de negociación con la Nación. Esta semana Misiones consiguió la media sanción para reducir del 21% al 10,5% el IVA a la fécula de mandioca y sus derivados y, en la misma sesión, acompañó la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. Leer ese voto como un alineamiento con Milei sería incompleto: la misma bancada que esta semana acompañó una iniciativa nacional venía de confrontar con la Casa Rosada por la Ley de Tierras. En aquella sesión, Passalacqua mostró los dientes y presionó para rechazar la extranjerización. Una semana confronta y a la siguiente negocia. Cuando considera amenazado un interés provincial, endurece la posición; cuando encuentra algo favorable para Misiones, acuerda. Primero pegó y después negoció. Como si hubiera leído un manual de pragmatismo político.

Eso empieza a definir también un carácter frente a Milei. Passalacqua no parece interesado en convertirse en opositor sistemático del Gobierno nacional, pero tampoco en continuar entregando votos baratos: todos los ATN enviados a Misiones durante estos dos años y medio de acompañamiento a la gestión libertaria ni siquiera alcanzarían para cubrir medio aguinaldo provincial. Habrá cuestiones para acompañar, otras para negociar y algunas innegociables. La pregunta antes de cada votación empieza a ser otra: ¿qué necesita la Nación y qué necesita Misiones? La Provincia no necesita controlar una mayoría en el Congreso; necesita conseguir que cualquier mayoría tenga que escuchar sus reclamos. Todavía es demasiado pronto para saber si se trata de una estrategia estable o de una sucesión de decisiones coyunturales. Las negociaciones más difíciles permitirán comprobarlo.

Cuarta muestra: volver a negociar los conflictos. El conflicto con policías y docentes de 2024 dejó una de las heridas políticas más profundas de los últimos años. Durante aquella crisis predominó una lógica rovirista, rígida y vertical, con escaso margen para negociar una salida. Las secuelas continuaron mucho después, con exoneraciones, despidos y nuevas protestas. Ahora, después de 144 días, los policías que permanecían frente a Casa de Gobierno levantaron el acampe luego de un acercamiento mediante un interlocutor oficial. No consiguieron todo lo que reclamaban ni el Gobierno concedió todo lo exigido. Hubo algo bastante más elemental: una negociación que permitió una salida. Política. Justamente aquello que antes tenía cepo.

Quinta muestra: corregir. La prohibición del glifosato impulsada por Rovira sin consulta ni debate avanzó pese a la resistencia persistente de sectores productivos. Passalacqua primero frenó su aplicación y ahora el nuevo bloque MPV impulsa modificar la ley para eliminar la prohibición general. Ese cambio cosechó una devolución emblemática: la Sociedad Rural de Misiones, que había cuestionado aquella prohibición e incluso promovido acciones contra ella, respaldó públicamente la modificación impulsada por el nuevo oficialismo. Escuchar, revisar, negociar y admitir que una decisión debe corregirse no constituye debilidad. Muchas veces es exactamente lo contrario. Solamente una conducción convencida de tener siempre la razón puede considerar una rectificación como una derrota. La sapiencia política no consiste en no cambiar nunca, sino en saber leer cuándo cambió la realidad y tener la capacidad de cambiar con ella.

Sexta muestra: ampliar. Incluso los tropiezos electorales de 2025 pueden releerse desde esta perspectiva. El “blend” fue una construcción vertical, con escasa discusión interna, que pretendió que la sociedad convalidara una ingeniería que ni siquiera tenía suficiente consenso dentro del propio frente. Terminó en una victoria pírrica en las provinciales y una derrota contundente frente a La Libertad Avanza en las nacionales. Ahora el método parece inverso: Passalacqua amplió la mesa hacia partidos que estaban marginados, reincorporó actores con volumen propio como Closs, escucha a los intendentes y abrió interlocución con sectores opositores. Puede negociar con la Casa Rosada mientras conversa con referentes peronistas enfrentados a Milei; acompañar una iniciativa nacional una semana y confrontar con la siguiente. No hay alineamiento automático: hay intereses, circunstancias y negociación. Hay política.

¿Puede durar? Esa es la primera prueba. Abrir la política significa aceptar sus consecuencias: ambiciones, candidatos, disputas, diferencias y dirigentes con proyectos propios. Algunos utilizarán la libertad para construir y otros para posicionarse. Mientras todos coinciden, la horizontalidad es sencilla; las dificultades aparecerán cuando los intereses comiencen a chocar. Por ahora los une un objetivo inmediato: despegarse de Rovira y sostener el Gobierno en las elecciones de 2027. Después de eso, es una incógnita.

Nada garantiza, además, que el nuevo funcionamiento sea mejor. Más libertad también puede producir oportunismos, internas, desorden y proyectos personales. El horizonte que parece buscar Passalacqua es otro: que la política deje de tener dueño sin que por eso el Gobierno pierda conducción. Los que durante años hicieron política entre algodones deberán demostrar cuánto saben hacerlo sin protección; quienes la desdeñaron tendrán que aprender que administrar no alcanza para construir; y quienes recuperaron libertad deberán decidir qué hacen con ella. Al gobernador le corresponde la parte más difícil: ordenar sin clausurar, conducir sin asfixiar y construir autoridad sin reconstruir el verticalismo que acaba de derrumbar.

Pero la prueba definitiva estará afuera de la política. Toda esta energía liberada hacia adentro solamente tendrá sentido si termina puesta al servicio de la sociedad: si las negociaciones consiguen cosas para Misiones, si las nuevas alianzas permiten defender mejor sus intereses y si la discusión mejora las decisiones de gobierno. El peligro es exactamente el contrario: que después de tantos años de política contenida, la libertad termine convertida en una carrera por cargos, candidaturas y pequeñas parcelas de poder; que las internas debiliten al Gobierno y que sus dirigentes vuelvan a mirarse demasiado entre ellos mientras la sociedad espera respuestas. Levantar el cepo fue apenas el comienzo. Ahora falta demostrar que tanta política sirve para pensar menos en el poder y bastante más en la gente.

*Director de Misiones Opina