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Por Sergio Fernández*

Los formatos cambiaron. Cambiaron las redacciones, las tecnologías, las velocidades y hasta las formas de consumir información. Lo que no cambió, a pesar de todo, es el corazón del oficio.

En el Día del Periodista vale una reflexión contundente. El periodismo sigue dependiendo de dos cosas que ninguna inteligencia artificial, algoritmo o red social puede reemplazar: la curiosidad y el olfato. La curiosidad para hacerse preguntas cuando todos parecen conformes con las respuestas. El olfato para detectar que detrás de una declaración, de un expediente, de una foto o de una escena aparentemente normal puede haber una historia mucho más importante.

A veces se confunde periodismo con chisme. Son cosas distintas. El chisme busca satisfacer una curiosidad superficial. El periodismo intenta comprender por qué ocurren las cosas y qué consecuencias tienen para la sociedad. Uno se alimenta de rumores. El otro necesita hechos. Uno se agota rápido. El otro, cuando está bien hecho, deja registro.

Por eso el trabajo periodístico nunca consistió solamente en contar lo que pasó. Consistió, sobre todo, en entender qué significa lo que pasó. Detrás de cada noticia hay contexto, intereses, silencios, contradicciones y personas. Ahí aparece la tarea más compleja: separar el ruido de lo importante. Encontrar sentido en medio de una cantidad cada vez mayor de información. En el mundo acutal cualquiera puede publicar algo desde un teléfono, la diferencia ya no pasa por quién tiene acceso a una plataforma. La diferencia pasa por quién es capaz de verificar, ordenar, interpretar y explicar. Dicho de otro modo: cualquiera puede tuitear. Pocos pueden contar bien una historia.

También existe otra condición que atraviesa al oficio desde siempre: la pasión. Nadie permanece demasiado tiempo en esta profesión solamente por una cuestión económica. El periodismo exige horarios imprevisibles, lecturas permanentes, llamados fuera de agenda y una atención constante sobre lo que ocurre alrededor. Lo que sostiene esa dinámica es, simplemente, la satisfacción de descubrir una historia. De comprender un proceso. De encontrar un dato que ayuda a explicar mejor la realidad.

El trabajo bien hecho, dicho sin vueltas, sigue siendo la única recompensa que realmente importa. La plata ayuda, claro. Pero no es eso lo que mantiene a nadie despierto hasta las tres de la mañana.

Por eso, más allá de las herramientas, de las modas y de las plataformas, la esencia permanece intacta. Contar historias. Mostrar aquello que no aparece a simple vista. Preguntar cuando otros prefieren callar. Mantener viva una curiosidad que, en el fondo, es la misma que impulsó a los primeros periodistas.

Los medios cambian. El oficio, no tanto. Y el día que eso cambie, probablemente, se pierda algo que no se recupera con ningún algoritmo.

*Periodista