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Por Matías Pintos*

El discurso oficial del gobierno nacional repite una premisa seductora: el mercado nos hará libres. Sin embargo, en el corazón de miles de hogares argentinos, la libertad se mide hoy en una mesa vacía y en la angustia de no saber cómo llegar a fin de mes. Detrás de las frías planillas del superávit fiscal se esconde la realidad más dolorosa de este modelo: el ajuste se sostiene sobre los hombros, el cansancio y el sacrificio de las amas de casa y las jefas de hogar.

Para una mujer que sostiene sola su casa, la palabra "libertad" suena lejana. Ser jefa de hogar en este contexto significa liderar una economía de guerra cotidiana. Significa ser la última en comer para que la comida alcance para los hijos, elegir qué servicio público pagar para que no corten la luz, y caminar kilómetros buscando el precio más bajo. Cuando el Estado se retira y los ingresos se desploman, las tareas de cuidado no desaparecen; se multiplican de forma cruel.

Las amas de casa, históricamente invisibilizadas, hoy operan como el verdadero amortiguador de la crisis. El desmantelamiento de los comedores comunitarios, los recortes en salud pública y la falta de apoyo estatal no eliminaron las necesidades, sino que las trasladaron al ámbito privado. Son ellas quienes asumen gratis el cuidado de los enfermos que ya no consiguen turnos ni medicamentos, y quienes inventan recursos donde no los hay para sostener la vida. Su tiempo y su salud se consumen en un trabajo que nadie paga pero que sostiene a toda la sociedad.

La narrativa oficial, atrapada en un discurso negacionista, califica las políticas de equidad como "privilegios de la casta". Es una profunda falta de empatía. No hay privilegio en la vida de una madre sola que debe decidir si compra zapatillas para el colegio o si paga la garrafa. Al destruir las redes de contención y estigmatizar las conquistas sociales, el gobierno no está promoviendo la igualdad; está condenando a las mujeres a los roles más tradicionales de sumisión y desamparo, borrando de un plumazo décadas de lucha por su autonomía.

La economía no es solo un índice de inflación; es el bienestar de las personas. Mientras el debate político se da en las redes y los despachos, en los barrios se libra una batalla silenciosa por la dignidad. Las amas de casa y jefas de hogar están exhaustas, pero siguen sosteniendo el mundo. Un modelo económico que necesita del desespero de las madres para cerrar sus cuentas no es libre, es profundamente injusto.

*Abogado y periodista especialista en familia, género y violencias