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La famosa avenida Corrientes de la ciudad de Buenos Aires bien pudo llamarse Avenida Misiones. La afirmación parece antojadiza e injustificada, pero atendiendo a la razón por la cual esta arteria tan importante del tráfico bonaerense lleva ese nombre, el honor le corresponde igualmente a Misiones. En 1822 Rivadavia le asigna ese nombre “Corrientes” a la entonces calle San Nicolás para honrar a la provincia que, según él, fue la primera en adherir a la causa de la Revolución de Mayo de 1810.

Pero Corrientes formalizó su adhesión al gobierno de la Primera Junta el 22 de junio en tanto el gobernador de Misiones lo hizo el 18 de junio. la clave está en ¿Qué acto administrativo se considera el válido para datar la adhesión?, de cualquier manera Misiones ya sea, en la figura del gobernador Tomas de Rocamora o en la figura de los Cabildantes reunidos en candelaria el 8 de Julio de 1810, fue una de las primeras provincias en ponerse del lado del gobierno patrio, aunque que asumir esta postura implicaba grave peligro institucional para su existencia, ya que ni el Gobierno de Montevideo en Uruguay ni el de Asunción en Paraguay eran partidarios de la revolución de Mayo, además Portugal (Brasil) también desconocía la autoridad del nuevo gobierno, aun así Misiones n participó desde el principio de la gesta emancipadora de todo el cono sur de Sudamérica, sin mezquinar esfuerzos, recursos y hombres de armas a la causa de nuestra independencia. La denominación de la famosa avenida porteña es anecdótica e irrelevante, además de muy discutible, pero el compromiso temprano del pueblo misionero con la independencia de los pueblos americanos es incuestionable.

La narrativa tradicional de la historia argentina suele presentar el nacimiento de la patria como un fenómeno encapsulado en las calles de barro de Buenos Aires, protagonizado por hombres trajeados e incluso con paraguas (un artículo extremadamente lujoso e inaccesible para las clases populares en esa época). Sin embargo, mientras los ecos del Cabildo porteño aún resonaban en las calles de la ciudad portuaria, en las fronteras selváticas del pueblo de Candelaria, cercano a la costa del río Paraná, se gestaba un movimiento de una madurez política asombrosa

. Misiones no fue una nota al pie en una historia escrita luego desde el puerto; por el contrario, se posicionó como una vanguardia que desafió el statu quo, la distancia y los prejuicios. Para entender realmente cómo nació la Argentina, debemos mirar hacia el noreste, donde el despertar revolucionario no solo fue temprano, sino profundamente integrador.

La revolución bilingüe y unánime

Misiones no esperó a que el proceso revolucionario se consolidara para tomar partido. El 8 de julio de 1810, poco más de un mes después de la destitución del virrey Cisneros, el Cabildo de Candelaria, que funcionaba allí desde 1665, marcó un hito cuando convocó a los representantes de esa parte de Misiones y se convirtió en una de las primeras provincias en adherirse formalmente a la Revolución de Mayo. Bajo el impulso del gobernador Tomás de Rocamora, se reunió una Junta General que rompió con todos los moldes de la época por su carácter democrático y bilingüe. En esta junta general, a diferencia del cabildo abierto, no hubo debates sobre lo oportuno, viable o siquiera conveniente de formar un gobierno patrio, allí fue unánime y entusiasta la decisión de avanzar en el sostenimiento de un órgano de gobierno compuesto por americanos.

Esta asamblea no fue una imposición de una élite cerrada sino un acto de unanimidad en el que convergieron criollos, funcionarios, corregidores, religiosos y caciques (y el pueblo reunido en la plaza). Para que el mensaje de libertad fuera universal, la proclama se leyó en castellano y en guaraní. Esta sofisticación lingüística no fue un accidente, sino la herramienta necesaria para que se expresara la genuina voluntad de los pueblos. El intérprete Antonio Morales actuó como el puente vital entre dos mundos, permitiendo que figuras como Luis Chivé, Fructuoso Patí, Benedicto Yué y Juan Ángel Ararobí —líderes guaraníes cuyos nombres la historia nacional suele olvidar— estamparan su firma en el acta de nacimiento de la soberanía regional.

“Leídas las comunicaciones —en castellano y guaraní—, los concurrentes, en conocimiento de la creación de la Junta Provisional de Gobierno en Buenos Aires y la adhesión del gobierno de la provincia a la causa de mayo, respondieron todos juntos y cada uno por sí, que la reconocían y obedecían, y desde luego unían sus sentimientos llenos del más tierno afecto a la Primera Junta”.

Firma en Candelaria del acta de adhesión de Misiones a la Primera Junta De Gobierno

Existe un prejuicio arraigado que imagina a las provincias del interior en 1810 como un territorio sumido en el atraso, esperando las “luces” de la capital. La realidad de Misiones desmiente este mito con contundencia. Gracias al legado de la etapa jesuítica, los pueblos misioneros eran polos de cultura que superaban en varios aspectos a los enviados porteños. Mientras en muchas ciudades coloniales los libros eran un lujo de importación, en Misiones ya se habían impreso los primeros libros de toda Sudamérica utilizando las imprentas de los pueblos de Nuestra Señora de Loreto y Santa María la Mayor.

Esta tradición educativa permitió que los guaraníes no fueran simples espectadores, sino protagonistas administrativos. Muchos actuaban como secretarios oficiales, capaces de redactar y traducir documentos complejos del castellano y, en ocasiones, incluso del latín. Este nivel de instrucción explica por qué la Revolución en Misiones tuvo una base burocrática tan sólida desde el primer día: la población local poseía las herramientas intelectuales para gestionar su propio destino político.

Supervivencia en la cuerda floja

La historia de la independencia no fue un camino recto hacia la gloria, sino un proceso lleno de tensiones y claroscuros. Apenas un mes después de la entusiasta adhesión en julio, Misiones tuvo que retractarse y caminar por una cuerda floja geopolítica. En agosto de 1810, bajo la sombra amenazante del gobernador de Paraguay, el realista Bernardo de Velasco, que invadió el territorio misionero con 700 hombres armados, los mismos funcionarios en el cabildo de Candelaria se vieron obligados a rectificar y jurar fidelidad al Consejo de Regencia de España.

Este giro inesperado no debe leerse como una falta de perseverancia en la postura antes tomada, ni mucho menos como una traición a la causa del gobierno patrio, sino como una adaptación táctica de supervivencia. En una región fronteriza, rodeada por las fuerzas de Velasco y el avance portugués, Misiones se convirtió en un peón en el tablero de una partida de ajedrez sangrienta. Este episodio revela que la Revolución en este suelo fronterizo fue un ejercicio de resistencia constante, donde la lealtad a la causa de Mayo se ponía a prueba cada día frente a las bayonetas de las potencias vecinas.

El territorio misionero

Para dimensionar la importancia de la adhesión misionera, debemos alejarnos de los mapas actuales. En 1810, Misiones era un gigante territorial que abarcaba un arco vastísimo, extendiéndose desde Yapeyú (en la actual Corrientes) hasta más allá de las Cataratas del Iguazú. Su control no era solo simbólico; era la llave de entrada a los ríos Paraná y Uruguay, y el escudo protector contra las ambiciones de expansión del Imperio del Brasil.

Cuando Misiones decidió unirse a la Revolución, no lo hizo un pequeño enclave, sino una región estratégica de escala continental. El compromiso de sus ocho pueblos —incluyendo Itapúa, Jesús y Trinidad, hoy en territorio paraguayo— otorgó a la Primera Junta una profundidad geográfica y una reserva de recursos humanos que resultaron determinantes para sostener el esfuerzo de guerra en el Litoral durante los años subsiguientes.

Una herencia de soberanía y lenguaje

Redescubrir el rol de Misiones en 1810 nos obliga a reescribir nuestra identidad nacional. Nos devuelve la imagen de una provincia que fue pionera, bilingüe y altamente instruida; una región que supo navegar las ambigüedades de la guerra con pragmatismo y que abrazó la causa social con una valentía inigualable. La historia de Candelaria es el recordatorio de que la libertad argentina se escribió en dos idiomas y se defendió desde las fronteras antes que desde los centros de poder.

Fuente: misioneshistoria.com.ar