Una causa y un adversario

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Imagen ilustrativa. / Foto: MisionesOpina

Por Luis Huls*

Históricamente, casi todos los espacios políticos exitosos encontraron dos elementos indispensables para sostenerse en el tiempo: una causa y un adversario. La primera justifica la existencia y la segunda otorga identidad.

El enemigo —real o simbólico— cumple una función decisiva. Le da cohesión interna, simplifica el relato, organiza prioridades y mantiene movilizada a la militancia. Sin adversario, suele perder tensión política, mística y capacidad de disimular sus propias contradicciones.

A la vez, no tener una causa clara convierte a un Gobierno en solo una estructura electoral y administrativa.

Acá parece una lógica central de la política: los espacios funcionan cuando logran construir identidad, sentido y pertenencia. El ser humano necesita sentirse parte de algo. La lógica del “nosotros contra ellos” simplifica la realidad, organiza emociones y fortalece la cohesión interna. Las militancias rara vez se sostienen solo por racionalidad administrativa; necesitan épica, pertenencia y sentimientos compartidas.

Eso parece haberle ocurrido al frente provincial, hoy rebautizado Encuentro Misionero, desde diciembre de 2023 hasta buena parte del proceso electoral de 2025. Durante ese período no terminó de definir si confrontar o convivir con el fenómeno libertario. No hubo una oposición discursiva clara frente al modelo nacional ni tampoco una bandera contundente que sintetizara qué debía defender Misiones frente al nuevo escenario argentino.

Mientras las políticas nacionales avanzaban sobre recursos y estructuras que impactaban directamente en la gente —Fonid, subsidios al transporte, obra pública, programas sociales, medicamentos o pensiones por discapacidad— el oficialismo provincial oscilaba entre la prudencia política, la gobernabilidad y una ambigüedad que terminó desorientando a buena parte de su base política y social.

En paralelo, hacia adentro del oficialismo también aparecieron tensiones. El surgimiento del blend con lenguaje libertario —redes sociales, achicamiento del Estado, coincidencia con la Nación— produjo desorientación en otros sectores que seguían defendiendo el modelo histórico del misionerismo: Estado presente, incentivo al consumo, equilibrio fiscal con sensibilidad social y una lógica de movilidad ascendente sostenida por políticas públicas.

La convivencia de ambas visiones dejó al espacio en una zona incómoda. No había una narrativa clara, una bandera movilizadora ni una identidad definida.

En ese contexto, además, el escenario económico agravó las tensiones. La provincia comenzó a administrar menos recursos en medio de una recesión profunda y un ajuste nacional inédito en términos de transferencia de fondos.

El conflicto salarial con policías y docentes en 2024 fue probablemente el punto más crítico de ese proceso. El reclamo desbordó los márgenes habituales de negociación y derivó en una protesta social grave, que expuso desgaste político, fatiga social y agudizó un contexto extremadamente complejo. La provincia no podía responder a la demanda salarial del 100% con recursos que ya no llegaban desde Nación y con una economía nacional que deterioraba la recaudación propia.

Poco después apareció otro frente inesperado: la discusión por la ley que prohibía el uso de glifosato. Lo que buscaba instalar una agenda ambiental terminó generando un fuerte rechazo de amplios sectores productivos. Yerbateros, tabacaleros, forestales, agricultores y referentes rurales sintieron que se avanzaba sobre sus actividades sin diálogo suficiente ni alternativas técnicas claras. Sin proponérselo, el gobierno provincial terminó uniendo a sectores muy diversos detrás de un mismo malestar.

Algo similar ocurrió con los productores yerbateros tras la desregulación del INYM impulsada desde Nación. Muchos sintieron que la provincia reaccionó tarde o con escasa contundencia frente a un escenario que golpeaba directamente a miles de pequeños productores. La sensación de desprotección creció mientras la rentabilidad del sector se deterioraba.

El malestar tampoco quedó limitado al agro o los estatales. El comercio, la construcción y la forestoindustria —sectores centrales del producto bruto geográfico provincial— comenzaron a sufrir el impacto combinado de la caída del consumo, la paralización de la obra pública y la retracción general de la economía.

Fueron muchos sectores, distintos entre sí, pero atravesados por una percepción común: la sensación de incertidumbre, desgaste y falta de horizonte claro. Enfado político con el gobierno de turno, el más cercano, el provincial.

La pérdida de causa, de enemigo y de horizonte suele empujar a cualquier proyecto político a una dinámica de conservar poder antes que representar expectativas.

Los menos de 30 puntos obtenidos en las dos elecciones de 2025 funcionaron como una señal de alerta. No necesariamente por el resultado, sino porque rompieron definitivamente la idea de hegemonía irreversible que durante años rodeó el aura del oficialismo provincial. Algunos interpretan que fue por errores propios más que forzados. Contrafáctico.

Todavía es imposible saber si el misionerismo tocó fondo en 2025 o si atraviesa simplemente una etapa de reconfiguración. Tampoco está claro si los cambios observados en los últimos meses responden a una autocrítica genuina, a una lectura más fina de la sociedad o al temor concreto de perder en las próximas elecciones. O todo junto.

En los últimos meses comenzaron a verse señales de reposicionamiento político y recuperación de identidad. El gobernador Hugo Passalacqua -que está habilitado para buscar la reelección - y el vicegobernador Lucas Romero Spinelli —quien suena como la alternativa de continuidad — endurecieron el tono frente al gobierno nacional y comenzaron a marcar diferencias más explícitas de modelo.

El levantamiento de la aduana paralela con alivio fiscal provincial y municipal en Posadas, las críticas a la desregulación yerbatera con una judicialización contra la Nación, el reclamo por baja de impuestos nacionales, los nuevos programas de incentivo al consumo, los créditos a sectores productivos y la insistencia en mostrar el costo que absorbe Misiones en salud pública y otros servicios que la Nación abandona son parte de esa reconstrucción discursiva.

Encuentro Misionero parece haber entendido nuevamente esa dinámica. Está reconstruyendo una causa y definiendo un adversario político. Falta saber si eso alcanzará para sostenerse competitivamente hacia 2027 después de más de dos décadas de desgaste natural en el poder.

Del otro lado, los libertarios misioneros parecen todavía demasiado concentrados en defender el modelo nacional y sus figuras centrales antes que en construir una agenda provincial propia. Las principales referencias del espacio, como Diego Hartfield o Adrián Núñez, mantienen una fuerte presencia en redes sociales, pero todavía muestran dificultades para traducir esa identidad digital en construcción territorial o propuestas para la realidad misionera.

Las declaraciones de Hartfield sobre los yerbateros diciendo que “los cagaron cuando los protegieron por 20 años” (con el precio regulado), fueron interpretadas por muchos productores como un desconocimiento absoluto del interior productivo. Un mercado oligopsonio no funciona en el libre mercado, ni en la teoría ni en la práctica.

A eso se sumaron otras situaciones que generaron ruido político. Desde sectores productivos cuestionaron al INYM por difundir estadísticas comparativas sobre exportaciones y consumo interno utilizando meses previos y no el mismo período interanual, en un mercado estacional, lo que para muchos terminó funcionando como una maniobra para inflar resultados positivos de la desregulación.

Mientras tanto, Adrián Núñez optó por viajar a Buenos Aires para respaldar públicamente a Manuel Adorni en medio de crecientes cuestionamientos y denuncias de corrupción que golpean al entorno libertario nacional. La escena dejó una imagen simbólica incómoda para la gente que los ve como opción: dirigentes locales más enfocados en defender figuras nacionales que en construir respuestas concretas para los problemas productivos y económicos de la provincia.

La Libertad Avanza permanece encapsulada en una épica de revancha permanente, más orientada a confrontar que a construir una agenda concreta de gestión. Buena parte de su discurso continúa apoyándose en la idea de que el rechazo al pasado alcanza, por sí solo, para sostener legitimidad política, sin necesidad de desarrollar propuestas que mejoren la vida de la gente.

El riesgo de persistir en esa lógica —sobre todo si intenta minimizar o normalizar el desgaste político y los escándalos que empiezan a rodear a figuras centrales como Adorni, Javier Milei y Karina Milei, con graves denuncias— es alimentar un clima de hastío social cada vez más duro, quedando atrapados únicamente en la confrontación y perdiendo capacidad de ofrecer horizontes mejores. Ahí es donde comienza a incubarse un fenómeno conocido en Argentina: el “manipulite” social, esa sensación colectiva de hartazgo que históricamente desemboca en pulsiones de “que se vayan todos”.

Ninguna sociedad cambia solamente por agotamiento del oficialismo. Las alternancias políticas ocurren cuando aparece una fuerza capaz de transformar el descontento en esperanza concreta. Hoy LLA se está quedando en un discurso monotemático de que todo lo otro es malo, abusando del enojo como bandera, sin dar demostraciones concretas en el territorio de que su propuesta es superadora; y con el riesgo de que ese enojo termine salpicando a su propio gobierno.

*Director de Misiones Opina

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